157_158
Ir al catálogo

tener algunas pocas medallas de  plata, poseía él cuatrocientos sextercios: menos era sin duda de los que  tenía Creso; pero mucho más de los que tuvo Catón Censor. Y si se hace  comparación, se hallará que Marco Catón se aventajó en más cantidad a la  que tuvo su abuelo, que en la que se aventajó a él Creso. Y si hubiera  conseguido mayores riquezas, no las hubiera desechado: porque el sabio no  se juzga indigno de cualesquier dádivas de la fortuna; y aunque admite las  riquezas no pone en ella su amor; y no les da alojamiento en el ánimo,  aunque se lo da en su casa: y después de poseídas, si bien las desprecia,  no las desecha, antes las guarda, holgándose tener mayor materia para su  virtud.

 Capítulo XXII

 

¿Qué duda puede haber de que el varón sabio tendrá más ocasiones para  mostrar su ánimo en las riquezas que en la pobreza? Porque en ésta hay un solo género de virtud, que es no abatirse ni rendirse. Pero las riquezas  tienen un ancho campo en que poder esparcirse: en la templanza, en la  liberalidad, en la diligencia, en la disposición y en la magnificencia. El  sabio, aunque sea de pequeña estatura, no hará desprecio de sí, pero con  todo eso se holgará ser de gallardo talle, y cuando sea flaco de cuerpo y  tuerto de un ojo, se tendrá por sano; pero no obstante esto, deseará tener  mayor robustez. Y este deseo será con tal templanza, que aunque sabe que  puede haber mayor salud, sufrirá la mala disposición, codiciando la buena.  Porque aunque hay algunas cosas que añaden poco a las sumas, y se pueden  quitar sin daño del sumo bien, con todo eso aumentan algo al perpetuo  contento que nace de la virtud. Aficionan y alegran las riquezas al sabio,  al modo que al navegante el

quieto y próspero viento, y el buen día, y el  lugar abrigado  para las lluvias y frío. ¿Cuál de los sabios (de los  nuestros hablo, para los cuales la virtud sola es el sumo bien) negará que estas cosas que llamamos indiferentes tienen en sí algo de estimación, y  que unas son mejores que otras? A unas de ellas se atribuye alguna parte  de honor, a otras mucha. No yerres en esto, advirtiendo que las riquezas  se reputan entre las cosas mejores. Dirásme: ¿por qué, pues, te burlas de  mí, si ellas tienen cerca de ti el mismo lugar que conmigo? ¿Quieres que  te desengañe de que no tienen el mismo lugar? Si a mí se me escaparen las  riquezas, no me llevarán más que a sí mismas; pero si te huyeren a ti,  quedarás atónito y juzgarás que has quedado sin ti. En mí llegarán a tener  alguna estimación, pero en ti la suprema; y finalmente las riquezas serán  mías, pero tú serás de las riquezas.

Capítulo XXIII

 

Deja, pues, de prohibir a los filósofos las riquezas, que nadie  condenó a la sabiduría a que fuese pobre. Podrá el filósofo tener grandes  riquezas; pero serán no quitadas a otros, ni manchadas con sangre ajena: tendrás, y serán adquiridas sin injuria de otros y sin ganancias suyas,  y en él será igualmente buena la salida, como lo fue la entrada. Ninguno,  sino el envidioso, gemirá por ellas; y por más que las exageres de que no  son grandes, has de confesar que son buenas: pues habiendo en ellas muchas  cosas que todos desearan fueran suyas, no se hallará alguna de que se  pueda decir que lo es. El sabio no apartará de sí la benignidad de la  fortuna, y no se desvanecerá ni se avergonzará con el patrimonio adquirido  por medios lícitos, antes tendrá de que gloriarse, si haciendo patente su  casa, y dando lugar a que

157

158

Ir a primera página Retroceder una página Avanzar una página Ir a la última página
Ir a Pg.