|
tener algunas pocas medallas de plata, poseía él cuatrocientos sextercios:
menos era sin duda de los que tenía Creso; pero mucho más de los que tuvo
Catón Censor. Y si se hace comparación, se hallará que Marco Catón se
aventajó en más cantidad a la que tuvo su abuelo, que en la que se aventajó
a él Creso. Y si hubiera conseguido mayores riquezas, no las hubiera
desechado: porque el sabio no se juzga indigno de cualesquier dádivas de la
fortuna; y aunque admite las riquezas no pone en ella su amor; y no les da
alojamiento en el ánimo, aunque se lo da en su casa: y después de poseídas,
si bien las desprecia, no las desecha, antes las guarda, holgándose tener
mayor materia para su virtud.
Capítulo
XXII
¿Qué duda puede haber de que el varón sabio tendrá más ocasiones para
mostrar su ánimo en las riquezas que en la pobreza? Porque en ésta hay
un solo género de virtud, que es no abatirse ni rendirse. Pero las riquezas
tienen un ancho campo en que poder esparcirse: en la templanza, en la
liberalidad, en la diligencia, en la disposición y en la magnificencia. El
sabio, aunque sea de pequeña estatura, no hará desprecio de sí, pero con
todo eso se holgará ser de gallardo talle, y cuando sea flaco de cuerpo y
tuerto de un ojo, se tendrá por sano; pero no obstante esto, deseará tener
mayor robustez. Y este deseo será con tal templanza, que aunque sabe que
puede haber mayor salud, sufrirá la mala disposición, codiciando la buena.
Porque aunque hay algunas cosas que añaden poco a las sumas, y se pueden
quitar sin daño del sumo bien, con todo eso aumentan algo al perpetuo
contento que nace de la virtud. Aficionan y alegran las riquezas al sabio,
al modo que al navegante el
|
quieto y próspero viento, y el buen día, y el lugar abrigado para las
lluvias y frío. ¿Cuál de los sabios (de los nuestros hablo, para los cuales
la virtud sola es el sumo bien) negará que estas cosas que llamamos
indiferentes tienen en sí algo de estimación, y que unas son mejores que
otras? A unas de ellas se atribuye alguna parte de honor, a otras mucha. No
yerres en esto, advirtiendo que las riquezas se reputan entre las cosas
mejores. Dirásme: ¿por qué, pues, te burlas de mí, si ellas tienen cerca de
ti el mismo lugar que conmigo? ¿Quieres que te desengañe de que no tienen
el mismo lugar? Si a mí se me escaparen las riquezas, no me llevarán más
que a sí mismas; pero si te huyeren a ti, quedarás atónito y juzgarás que
has quedado sin ti. En mí llegarán a tener alguna estimación, pero en ti la
suprema; y finalmente las riquezas serán mías, pero tú serás de las
riquezas.
Capítulo XXIII
Deja, pues, de prohibir a los filósofos las riquezas, que nadie condenó a
la sabiduría a que fuese pobre. Podrá el filósofo tener grandes riquezas;
pero serán no quitadas a otros, ni manchadas con sangre ajena: tendrás, y
serán adquiridas sin injuria de otros y sin ganancias suyas, y en él será
igualmente buena la salida, como lo fue la entrada. Ninguno, sino el
envidioso, gemirá por ellas; y por más que las exageres de que no son
grandes, has de confesar que son buenas: pues habiendo en ellas muchas
cosas que todos desearan fueran suyas, no se hallará alguna de que se pueda
decir que lo es. El sabio no apartará de sí la benignidad de la fortuna, y
no se desvanecerá ni se avergonzará con el patrimonio adquirido por medios
lícitos, antes tendrá de que gloriarse, si haciendo patente su casa, y
dando lugar a que
|
 |