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entienda que, aun estando a  solas contigo, ha de hacer tales cosas que sean provechosas a los  venideros? Nosotros somos ciertamente los que decimos que Zenón y Crisipo  hicieron mayores cosas que si hubieran gobernado ejércitos, tenido hombres  y promulgado leyes, pues no las hicieron para una ciudad sola, sino para  todo el género humano. ¿Por qué, pues, tal ocio como éste no ha de ser  decente al varón bueno, que dispone en él el bien de los siglos venideros,  y no predica a pocos, sino a todos los hombres de cualesquier naciones? En  resolución, ¿te pregunto si Cleantes, Crisipo y Zenón vivieron conforme a  su doctrina? Responderás, sin duda, que vivieron en la misma forma que  dijeron se había de vivir, y tras esto ninguno de ellos gobernó la  república. También me dirás que esto fue porque no tuvieron aquella  fortuna o estado que suele ser admitido el manejo de las cosas públicas,  pero que con todo eso no pasaron la vida ociosa, pues hallaron camino como  su ocio fuese a los hombres más provechoso que el trabajo y sudor de  otros; según lo cual parece que éstos hicieron mucho, aunque no tuvieron  ocupación pública. Demás de esto, hay tres géneros de vida, entre los  cuales se suele inquirir cuál sea el mejor: uno está desembarazado para el  deleite, otro para la contemplación y otro para la acción. Dejando aparte  toda disputa y el odio que intimamos a los que seguían diversa opinión,  veamos si estas cosas se ajustan al primer género con uno o con otro  título. El que aprueba el deleite no está sin contemplación, ni el que se  da a la contemplación está sin deleite; ni el otro, cuya vida está  destinada a la acción, carece de contemplación. Dirá que hay mucha  diferencia en que una cosa sea el objeto que se propone o añadidura de él.  Grande es, por cierto, la diferencia; pero con todo eso no está lo uno sin  el otro;

porque ni aquel contempla sin acción, ni éste hace sin  contemplación, ni el otro tercero, de quien comúnmente sentimos mal,  prueba al deleite holgazán, sino al que con la acción hace firmes a los  hombres; según lo cual, aun esta secta de los que buscan el deleite,  consiste en acción. ¿Cómo no ha de consentir en acción, si el mismo  Epicuro dice que tal vez se apartará del deleite y apetecerá el dolor? Y  esto será si amenazare arrepentimiento al deleite, o si, en lugar de un  grande dolor, se eligiere otro menor. Para que se vea que la contemplación  agrada a todos, unos la buscan, y nosotros la tenemos, y no como puerto.  Añade que por la doctrina de Crisipo es lícito vivir en ocio: no digo que  éste se padezca, sino que se elija. Dicen los nuestros que el sabio no se  ha de arrimar a cualquier república: ¿pues qué diferencia habrá en que el  sabio goce de ocio, por no ser admitido de la república, o porque él no la  quiere, siendo ordinario faltar a muchos la república, y más continuamente  a los que con ansias la buscan? Pregunto: ¿A cuál república se allegará el  sabio? ¿Será por ventura a la de los atenienses, en que fue condenado  Sócrates, y por no serlo huyó Aristóteles, y donde la envidia oprime las  virtudes? Dirás que el sabio no ha de ir a esta república. ¿Irá, pues, a  la de los cartagineses, donde es continua la sedición, siendo dañosa la  libertad a cualquier varón bueno, donde lo útil es la suma de lo justo,  donde hay para los enemigos crueldad inhumana y enemistad con sus mismos  naturales? También huirá el sabio de esta república; y si una por una me  pongo a contarles todas, no hallaré alguna que admita los sabios, ni que  los sabios la sufran. Pues si no se halla aquella república que nosotros  fingimos, vendrá a ser necesario a todos el ocio, porque en ninguna parte  se halla lo que se debe preferir a él. Cuando alguno afirma que es bueno  navegar en mar donde hay

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