sabiduría, a no persuadirse que ya la habían conseguido, y si en sí mismos
no hubieran disimulado muchas cosas, mirando las de otros con ojos
despabilados y atentos. No pienses que con la adulación se destruyen
solamente los negocios ajenos y no los propios. ¿Quién hay que tenga valor
para decirse la verdad a sí mismo? ¿Quién es el que, metido entre la
multitud de aduladores, no se lisonjeó? Suplícote que si sabes algún remedio
con que detener esta tormenta que padezco, me juzgues digno de que te deba
la tranquilidad. Bien sé que los movimientos de mi ánimo no me son
peligrosos, ni me acarrean cosas de inquietud; mas para declararte con un
verdadero símil aquello de que me lamento, te digo que lo que me fatiga no
es tempestad, sino fastidio. Líbrame, pues, de esta indisposición, y
socorre al que padece a vista de tierra.
Capítulo II
Cuando estoy en silencio conmigo solo, me pregunto a qué cosa me parece
semejante este afecto de ánimo, y con ningún ejemplo quedo más propiamente
advertido que con el de aquellos que, habiendo salido de alguna grave y
larga enfermedad, se ven todavía molestados de ligeros accidentes, y aun
después de haber de todo punto desechado las reliquias de la indisposición,
les inquietan sospechas, y estando ya sanos, dan el pulso a los médicos,
desacreditando cualquier calor que sienten. Los cuerpos de estos no están
enfermos, sino poco acostumbrados a la salud, sucediéndoles lo que al mar y
a las lagunas, que aun después de cesar las tormentas y estar tranquilas y
sosegadas, les quedan algunas mareas. Por lo cual es necesario uses, no de
aquellos duros preceptos que hemos
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ya pasado, ni te resistas en algunas ocasiones, ni que en otras te
hagas eficaz instancia; basta lo último, que es el darte crédito a ti
mismo, persuadiéndote a que vas camino derecho, sin dejarte llevar por
las trasversales huellas de muchos que a cada paso van haciendo
nuevos discursos, y estando en el camino le yerran. Lo que deseas es una
cosa grande, alta y muy cercana a Dios, que es no mudarte. Los griegos
llaman a esta firmeza de ánimo estabilidad, de la cual Demetrio escribió un
famoso libro; y yo la llamo tranquilidad, porque ni tengo obligación de
imitarlos, ni de traducir las palabras a su estilo. La cosa de que se trata
se ha de significar con algún término, que tenga fuerza de la palabra
griega, aunque no tenga la misma cara. Lo que ahora preguntamos es de qué
modo estará siempre el ánimo con igualdad, y cómo caminará con próspero
curso, siéndose propicio y mirando sus cosas con tal alegría que no se
interrumpa, perseverando en un estado plácido, sin desvanecerse ni
abatirse. Esto es tranquilidad: busquemos, pues, el camino por donde
podemos llegar de todo punto a ella. Toma tú la parte que quisieres del
remedio público, y ante todas las cosas has de poner delante todo el vicio,
para que cada uno conozca lo que de él te toca; y con esto verás cuánto
menos embarazo tienes con el fastidio de ti mismo, que el que tienen
aquellos que, atados a ocupaciones honrosas y trabajando bajo el yugo de
magníficos títulos, los detiene en su simulación más la vergüenza que la
voluntad. En un mismo paraje están los molestados de liviandad como los
fatigados del fastidio y los que viven en continua mudanza de intentos,
agradándoles más los que dejaron, como los que hechos holgazanes están
voceando todo el día. Añade a éstos los que, imitando a los que tienen
dificultoso sueño, andan mudándose de un lado a otro, hasta que el
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