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en un estado, tomando por remedio las mudanzas. De aquí nace el hacerse vagas peregrinaciones y el navegar remotos mares  haciendo, ya en el agua y ya en la tierra, experiencia de la enemiga  liviandad. Unas veces decimos que queremos ir a la provincia de Campania;  y cuando nos cansa lo deleitable, pasamos a los bosques Brucios y Lucanos;  y tras esto queremos que en la montaña se procure algún sitio de recreación en que los lascivos ojos se eximan de la prolija inmundicia de lugares hórridos; y para esto vamos a Taranto, y a su celebrado puerto y a otros sitios de cielo más templado, para pasar el invierno en las casas  que fueron otro tiempo capaces y opulentas a su antigua población. Luego  decimos «Volvamos a la ciudad, porque ha muchos días que nuestras orejas  carecen del estruendo y aplauso, y tenemos gusto de ver en los  espectáculos derramar sangre humana, pasando de unas fiestas en otras.» Y  de este modo, como dijo Lucrecio, anda cada uno huyendo de sí: pero ¿de  qué le aprovecha, si nunca acaba de ejecutar la huida? Va siguiéndose a sí  mismo, con que le molesta un pesado compañero. Conviene, pues, que nos  desengañemos, confesando que la culpa no está en los lugares, sino en  nosotros, que somos flacos para sufrir mucho tiempo el trabajo o el  deleite, nuestras cosas o las ajenas. A muchos acarreó la muerte la  mudanza de intentos, recayendo en las mismas cosas sin dar lugar a la  novedad de que resultó causarles fastidio la vida y el mismo mundo,  diciendo con rabiosa queja: «¿Hasta cuándo han de ser unos mismos los  deleites?»

Capítulo III

 

Pregúntame de qué remedio te has de valer contra este

hastío. Y  según la opinión de Atenodoro, el mejor fuera ocuparte en las cosas  públicas, en su administración y en los oficios civiles. Porque al modo  que algunos hombres pasan los días curtiendo sus cuerpos al sol en  ocupaciones y ejercicios; y al modo que a los luchadores les es muy útil  el gastar mucho tiempo en fortalecer los brazos para el ministerio a que  se dedicaron, así a nosotros, que hemos de disponer los ánimos a la pelea  de los negocios civiles, nos es fuera de conveniencia asistir siempre en  la obra, porque con el intento de hacerse apto para ayudar a sus  ciudadanos y a todos, viene a un mismo tiempo a ejercitarse, y a ser  provechoso a otros, aquel que, puesto en medio de las ocupaciones, administró conforme a su caudal las cosas particulares y las públicas.  Pero tras esto dice, que como en esta tan loca ambición de los hombres son  tantos los calumniadores que tuercen lo justo a la peor parte, viene a  estar poco segura la sencillez, siendo más lo que impide que lo que ayuda.  Conviene, pues, apartarnos de los tribunales y de los puestos públicos,  que el ánimo grande también tiene en los retiramientos donde poder  espaciarse; y como el ímpetu de los leones y de otras bestias fieras no me  acobarda estando metidos en sus cuevas, así tampoco dejan de ser grandes  las acciones de los hombres grandes, aunque estén apartados del concurso.  De tal manera se retiran éstos, que donde quiera que esconden su quietud,  lo hacen con intento de aprovechar a todos en común y a cada uno en  particular, ya con su ingenio, ya con sus palabras y ya con su consejo.  Porque no sólo sirven a la república los que apadrinan a los  pretendientes, y los que defienden a los reos, y los que tienen voto en  las cosas de la paz y de la guerra, sino también aquellos que exhortan a  la juventud y a los que, en tiempo que hay tanta falta de buenos preceptos,

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