|
habiendo de navegar no se acuerdan de que hay tormentas: yo no me
avergüenzo en lo bueno de tener por autor un malo. Publio, más vehemente
que los ingenios trágicos y cómicos, todas las veces que dejó los
disparates mímicos y los dicterios y donaires concernientes al vulgo, entre
otras muchas cosas dignas de la gravedad y escena trágica, dijo: «A cada
cual puede suceder lo que puede suceder a alguno» El que depositare en su
corazón esta sentencia y atendiere a los males ajenos (de que cada día hay
tanta abundancia) y conociere que tienen libre el camino para venir a él,
este tal se prevendrá antes de ser acometido. Tardamente se arma el ánimo a
la paciencia de los trabajos, después que ellos han llegado. Dirás: «No
pensé que esto sucediera, ni creí que esto pudiera venirme.» ¿Pues por qué
no lo pensaste? ¿Qué riquezas hay a quien no vayan siguiendo la pobreza, el
hambre y la mendicidad? ¿Qué dignidad hay a cuya garnacha, cuyo
hábito augural y cuyas insignias de nobleza no acompañen
asquerosidades, destierros, descréditos, mil anchas y últimamente el
desprecio? ¿Qué reino hay a quien no esté aparejada la ruina y la caída,
teniendo ora un justo dueño y ora un injusto tirano? Y estas cosas no están
separadas con grandes intervalos, pues sólo hay un instante de distancia del
verse en el trono al estar postrado ante ajenas rodillas. Persuádate, pues,
que todo estado es mudable, y que lo que ves en otros puede suceder en ti.
Si te precias de rico, ¿eres, por ventura, más que Pompeyo, al cual,
cuando Cayo, su antiguo pariente y huésped nuevo, abrió la casa de César
por cerrar la suya, le faltó pan y agua? Y el que poseía tantos ríos, que
nacían y morían en su Imperio, mendigó agua llovediza, muriendo de hambre y
de sed dentro del palacio de su deudo, mientras el heredero preparaba
entierro público al que moría de hambre. ¿Has
|
tenido grandes honras? Dime si han sido tantas, tan grandes y tan no
esperadas como las que tuvo Seyano. Pues advierte que el mismo día que le
acompañó el Senado le despedazó el pueblo; y habiendo puesto en él los
dioses y los hombres todo lo que se puede juntar, no quedó cosa que en el
verdugo no hiciese presa. ¿Eres rey? Pues no te enviaré a Creso, que entró
mandando en la hoguera y la vio extinguida, sobreviviendo no sólo al reino,
sino a su misma muerte. No te enviaré a Yugurta, a quien el pueblo romano
vio preso dentro del año en que le había temido. No a Tolomeo, rey de
África, ni a Mitrídates, rey de Armenia, a quienes vimos entre las guardas
cayanas, siendo el uno desterrado, y deseando el otro serlo con seguridad.
Si en tan gran mutabilidad de las cosas que suben y bajan no juzgares que
te amenaza todo lo que puede sucederte, darás contra ti fuerzas a las
adversidades, las cuales quebranta el que las antevé. Lo que a esto se
sigue es que ni trabajemos en lo necesario, ni para ello: quiero decir, que
o no deseemos lo que no podemos conseguir, o lo que se ha de conseguir
tarde, y después de haber pasado mucha vergüenza, conozcamos la vanidad de
nuestros deseos, no poniéndolos en aquello en que ha de salir vano, y sin
efecto el trabajo, a donde el efecto ha de ser indigno de lo que se
trabajó: porque casi siempre se sigue tristeza si no suceden, o si suceden
vienen a causar vergüenza.
Capítulo XII
Conviene reformar los paseos, que en muchos hombres son tan continuos que
andan siempre vagando por las casas y teatros, ofreciéndose a los negocios
ajenos, remedando a los que siempre están ocupados. Y si preguntas a alguno
de
|
 |