207_208
Ir al catálogo

Capítulo XIV

 

Debemos también hacernos fáciles, sin entregarnos con pertinacia a  las determinaciones; pasemos a lo que nos llevare el suceso, y no temamos  las mudanzas de consejo o de estado, con tal que no seamos poseídos de la  liviandad, vicio encontradísimo con la quietud: porque es forzoso que la  pertinacia sea congojosa y miserable en aquel a quien diversas veces quita  alguna cosa la fortuna, y que sea más grave la liviandad de aquel que  jamás está en un ser. El ignorar hacer mudanza cuando conviene y el no  saber perseverar en cosa alguna, son cosas contrarias a la tranquilidad: conviene, pues, que apartándose el ánimo de todas las externas, se reduzca  a sí, confíe de sí y se alegre consigo: abrace sus cosas en cuanto fuese  posible, abstrayéndose de las ajenas y aplicándose a sí mismo sin sentir  los daños, juzgando con benignidad aun de las cosas adversas. Habiendo  llegado nuevas a nuestro Zenón de que en un naufragio se había anegado  toda su hacienda, dijo: «Quiere la fortuna que yo filosofe más  desembarazadamente.» Amenazaba un tirano a Teodoro filósofo con la muerte y con que no sería sepultado, y él respondió: «Tienes con que alegrarte, pues mi sangre está en tu potestad; pero en lo que dices de la sepultura  eres ignorante, si piensas que importa el podrecerme encima o debajo de la tierra.» Canio Julio, varón grande, a cuya estimación no daña el haber nacido en nuestro siglo, habiendo altercado mucho tiempo con Cayo, le dijo aquel Fálaris cuando se iba: «Para que no te lisonjees con vana esperanza, he mandado te lleven al suplicio»; y él le respondió: «Doyte las gracias,  óptimo príncipe.» Estoy dudoso de lo que en esto quiso sentir, y ocúrrenme  muchas

cosas. Quísole afrentar dándole a entender cuán grande era su  crueldad, pues tenía por beneficio la muerte; o quizá le dio en rostro con  la ordinaria locura de aquellos que le daban gracias cuando les había  muerto sus hijos y quitádoles sus haciendas; o por ventura recibió con  alegría la muerte juzgándola por libertad. Sea lo que fuere, la respuesta  fue de ánimo gallardo. Dirá alguno que pudo después de esto mandar Cayo  que Canio viviese. No temió esto Canio, que era conocida la estabilidad  que en semejantes crueles mandatos tenía Cayo. ¿Piensas tú que sin algún  fundamento pidió cinco días de dilación para el suplicio? No parece  verosímil lo que aquel varón dijo y lo que hizo, y en la tranquilidad que  estuvo. Jugando estaba al ajedrez cuando el alguacil que traía la caterva  de muchos condenados a muerte mandó que también le sacasen a él; y después de haber sido llamado, contó los tantos y dijo al que jugaba con él:  «Advierte que después de mi muerte no mientas diciendo que me ganaste.» Y  llamando al alguacil, le dijo: «Serás testigo de que le gano un tanto.»  ¿Piensas tú que Canio jugaba en el tablero? Lo que hacía no era jugar,  sino burlarse del tirano, y viendo llorosos a sus amigos por la pérdida  que hacían de tal varón, les dijo: «¿De qué estáis tristes? Vosotros  andáis investigando si las almas son inmortales, y yo lo sabré ahora.» Y  hasta el último trance de su muerte, no desistió de inquirir la verdad y disputar de la muerte, como lo tenía de costumbres. Íbale siguiendo un  discípulo suyo, y estando ya cerca del túmulo, adonde cada día se hacían  sacrificios a César que pretendía ser adorado por Dios, le dijo: «¿En qué  piensas, Canio? ¿Qué juicio es el tuyo? Sacrifica a César.» Respóndele  Canio: «Tengo propuesto averiguar si en aquel velocísimo instante de la muerte siente el alma salir del cuerpo.» Y prometió que en

207

208

Ir a primera página Retroceder una página Avanzar una página Ir a la última página
Ir a Pg.