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por unido, se va poco a poco mostrando  dividido; y lo que desde lejos parecía despeñadero, se descubre en llegando ser un apacible collado. Poco tiempo ha que hablando de Marco  Catón te indignaste (porque eres mal sufrido de maldades) de que el siglo en que vivió no le hubiese llegado a conocer, y que habiéndose levantado sobre los Césares y Pompeyos, le hubiesen puesto inferior a los Vatinios. Parecíate cosa indigna que porque resistió una injusta ley le hubiesen despojado de la garnacha en el tribunal, y que arrastrado por las manos de la parcialidad sediciosa, hubiese sido llevado desde el lugar donde oraba hasta el arco Fabiano, sufriendo malas razones, y ser escupido, con otras mil contumelias de aquella loca y desenfrenada muchedumbre. Respondíte  entonces que más justo era dolerte de la República, que de una parte la rendía Publio Clodio y de otra Vatinio y otros muchos ciudadanos, que corrompidos con la ciega codicia, no conocían que mientras ellos vendían  la República, se vendían a sí mismos.  

Capítulo II

 

Por lo que toca a Catón, te dije que no había para qué te congojases,  porque ningún sabio puede recibir injuria ni afrenta; y que los dioses nos  dieron a Catón por más cierto dechado de un varón sabio, que en los siglos  pasados a Ulises o Hércules: porque a éstos llamaron sabios nuestros  estoicos por haber sido invictos de los trabajos, despreciadores de los  deleites, y vencedores de todos peligros. Catón no llegó a manos con las  fieras, que el seguirlas es de agrestes cazadores, ni persiguió a los  monstruos con fuego o hierro, ni vivió en los tiempos en que se pudo creer  que se sostuvo el cielo sobre los hombros de

un hombre: mas estando ya el  mundo en sazón, que  desechada la antigua credulidad había llegado a entera  astucia, peleó con el soborno y con otros infinitos males; peleó con la  hambrienta y ambiciosa codicia de imperar que tenían aquéllos, a quien no  parecía suficiente el orbe dividido entre los tres; y sólo Catón estuvo  firme contra los vicios de la República, que iba degenerando y cayéndose  con su misma grandeza, y en cuanto fue en su mano, la sostuvo, hasta que  arrebatado y apartado se le entregó por compañero en la ruina, que mucho  tiempo había detenido, muriendo juntos él y la República, por no ser justo se dividiesen; pues ni Catón vivió en muriendo la libertad, ni hubo  libertad en muriendo Catón. ¿Piensas tú que a tal varón pudo injuriar el  pueblo porque le quitó el gobierno y la garnacha, y porque cubrió de  saliva aquella sagrada cabeza? El sabio siempre está seguro, sin que la  injuria o la afrenta le puedan hacer ofensa.

 

Capítulo III

 

Paréceme que veo tu ánimo, y que, encendido en cólera, te aprestas a  dar voces, diciendo: «Estas cosas son las que desacreditan y quitan la  autoridad a vuestra doctrina: prometéis cosas grandes, y tales, que no  sólo no se pueden desear, pero ni aun creer. Decís por una parte con  razones magníficas que el sabio no puede ser pobre, y tras eso confesáis  que suele faltarle esclavo, casa y vestido. Decís que no puede estar loco,  y no negáis que puede estar enajenado, y hablar algunas razones poco compuestas, y todo aquello a que la fuerza de la enfermedad le diere audacia. Decís que el sabio no puede ser esclavo, y no negáis que puede ser vendido, y que ha de obedecer a su amo haciendo todos los

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