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tiene que considerar de dos maneras: si hacen esto por pusilanimidad y
defecto natural del ánimo, entonces tú debes servirte en especial de
aquellos que son de buen criterio, porque en la prosperidad te honrarán y en
la adversidad no son de temer, pero cuando no se unen sino por cálculo y por
ambición, es señal de que piensan más en sí mismos que en ti, y de ellos se
debe cuidar el príncipe y temerles como si se tratase de enemigos
declarados, porque esperarán la adversidad para contribuir a su ruina.
El que llegue a príncipe mediante el favor del pueblo debe esforzarse en
conservar su afecto, cosa fácil, pues el pueblo sólo pide no ser oprimido.
Pero el que se convierta en príncipe por el favor do los nobles y contra el
pueblo procederá bien si so empeña ante todo en conquistarlo, lo que sólo le
será fácil si lo toma bajo su protección. Y dado que los hombres se sienten
más agradecidos cuando reciben bien de quien sólo esperaban mal, se somete
el pueblo más a su bienhechor que si lo hubiese conducido al principado por
su voluntad. El príncipe puede ganarse a su pueblo do muchas maneras, que no
mencionaré porque es imposible dar reglas fijas sobre algo que varía tanto
según las circuístancias. Insistiré tan sólo con que un príncipe necesita
contar con la amistad del pueblo, pues de lo contrario no tiene remedio en
la adversidad.
Nabis, príncipe de los espartanos, resistió el ataque de toda Grecia y de un
ejército romano invicto, y le bastó, surgido el peligro, asegurarse de
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muy pocos para defender contra aquéllos su patria y su Estado, que si
hubiese tenido por enemigo al pueblo, no le bastara. Y que no so pretenda
desmentir mi opinión con el gastado proverbio de que quien confía en el
pueblo edifica sobre arena; porque el proverbio sólo es verdadero cuando se
trata do un simple ciudadano que confía en el pueblo como si el pueblo
tuviese el deber de liberarlo cuando los enemigos o las autoridades lo
oprimen. Quien así lo interpretara se engañaría a menudo, como los Gracos en
Roma y Jorge Scali en Florencia. Pero si es un príncipe quien confía con é1,
y un príncipe valiente que sabe mandar, que no se acobarda en la adversidad
y mantiene con su ánimo y sus medidas el ánimo de todo su pueblo, no só1o no
se verá nunca defraudado, sino que se felicitará de haber depositado con él
su confianza.
Estos principados peligran, por lo general, cuando quieren pasar de
principado civil a principado absoluto; pues estos príncipes gobiernan por
sí mismos o por intermedio de magistrados. En el último caso, su permanencia
es más insegura y peligrosa, porque depende de la voluntad de los ciudadanos
que ocupan el cargo de magistrados, los cuales, y sobre todo en, épocas
adversas, pueden arrebatarle muy fácilmente el poder, ya dejando de
obedecerle, ya sublevando al pueblo contra ellos. Y el príncipe, rodeado de
peligros, no tiene tiempo para asumir la autoridad absoluta, ya que los
ciudadanos y los súbditos, acostumbrados a recibir órdenes nada más que de
los magistrados, no están en semejantes
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