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Antes que Carlos, rey de Francia, entrase en Italia, esta provincia estaba
bajo la dominación del papa, de los venecianos, del rey de Nápoles, del
duque de Milán y de los florentinos. Estas potencias debían tener dos
cuidados principales: evitar que un ejército extranjero invadiese a Italia y
procurar que ninguna de ellas preponderara. Los que despertaban más recelos
eran los venecianos y el papa. Para contener a aquéllos era necesaria una
coalición de todas las demás potencias, como se hizo para la defensa de
Ferrara. Para contener al papa, bastaban los nobles romanos, que, divididos
en dos facciones, los Orsini y los Colonna, disputaban continuamente y
acudían a las armas a la vista misma del pontifice, con lo cual la Santa
Sede estaba siempre débil y vacilante. Y aunque alguna vez surgiese un papa
enérgico, como lo fue Sixto, ni la suerte ni la experiencia pudieron
servirle jamás de manera decisiva, a causa de la brevedad de su vida, pues
los diez años que, como término medio, vive un papa bastaban apenas para
debilitar una de las facciones. Y si, por ejemplo, un papa había casi
conseguido exterminar a los Colonna, resurgían éstos bajo otro enemigo de
los Orsini, a quienes tampoco había tiempo para hacer desaparecer por
completo; por todo lo cual las fuerzas temporales del papa eran poco temidas
en Italia. Vino por fin Alejandro VI y probó, como nunca lo había probado
ningún pontífice, de cuánto era capaz un papa con fuerzas y dinero; pues
tomando al duque Valentino por instrumento, y la llegada de los franceses
como motivo, hizo todas esas cosas que he contado al hablar sobre las
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actividades del duque. Y aunque su propósito no fue engrandecer a la
Iglesia, sino al duque, no es menos cierto que lo que realizó redundó en
beneficio de la Iglesia, la cual, después de su muerte y de la del duque,
fue heredera de sus fatigas. Lo sucedió el papa Julio, quien, con una
Iglesia engrandecida y dueña de toda la Romaña, con los nobles romanos
dispersos por las persecuciones de Alejandro, y abierto el camino para
procurarse dinero, cosa que nunca había ocurrido antes de Alejandro, no sólo
mantuvo las conquistas de su predecesor, sino que las acrecentó; y después
de proponerse la adquisición de Bolonia, la ruina de los venecianos y la
expulsión de los franceses de Italia. lo llevó a cabo con tanta más gloria
cuando que lo hizo para engrandecer la Iglesia y no a ningún hombre. Dejó
las facciones Orsini y Colonna en el mismo estado en que las encontró., y
aunque ambas tuvieron jefes capaces de rebelarse, se quedaron quietas por
dos razones: primero, por la grandeza de la Iglesia, que los atemorizaba, y
después, por carecer de cardenales que perteneciesen a sus partidos, origen
siempre de discordia entre ellos. Que de nuevo se repetirán toda vez que
tengan cardenales que los representen, pues éstos fomentan dentro y fuera de
Roma la creación de partidos que los nobles de una y otra familia se ven
obligados a apoyar. Por lo cual cabe decir que las disensiones y disputas
entre los nobles son originadas por la ambición de los prelados. Ha hallado,
pues, Su Santidad el papa León una Iglesia potentísima; y se puede esperar
que así como aquéllos la hicieron grande por las armas, éste la hará aún más
poderosa |
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