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cambia a menudo de parecer, es tenido en menos.
Quiero a este propósito citar un ejemplo moderno, Fray Lucas [Rinaldi],
embajador ante el actual emperador Maximiliano, decía, hablando de Su
Majestad, que no pedía consejos a nadie y que, sin embargo, nunca hacía lo
que quería. Y esto precisamente por proceder en forma contraria a la
aconsejada. Porque el emperador es un hombre reservado que no comunica a
nadie sus pensamientos ni pide pareceres; pero como, al querer ponerlos en
práctica, empiezan a conocerse y descubridse, y los que los rodean opinan en
contra, fácilmente desiste de ellos. De donde resulta que lo que hace hoy lo
deshace mañana, que no se entiende nunca lo que desea o intenta hacer y que
no se puede confiar en sus determinaciones.
Por este motivo, un príncipe debe pedir consejo siempre, pero cuando él lo
considere conveniente y no cuando lo consideren conveniente los demás, por
lo cual debe evitar que nadie emita pareceres mientras no sea interrogado.
Debe preguntar a menudo, escuchar con paciencia la verdad acerca de las
cosas sobre las cuales ha interrogado y ofenderse cuando entera de que
alguien no se la ha dicho por temor. Se engañan los que creen que un
príncipe es juzgado sensato gracias a los buenos consejeros que tiene en
derredor y no gracias a sus propias cualidades. Porque ésta es una regla
general que no falla nunca un príncipe que no es sabio no puede ser bien
aconsejado y, por ende, no puede gobernar, a menos que se ponga bajo la
tutela
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de un hombre muy prudente que lo guíe en todo. Y aun en este caso, duraría
poco en el poder, pues el ministro no tardaría en despojarlo del Estado. Y
si pide consejo a más de uno, los consejos serán siempre distintos, y un
príncipe que no sea sabio no podrá conciliarlos. Cada uno de los consejeros
pensará en lo suyo, y él no podrá saberlo ni corregirlo. Y es imposible
hallar otra clase de consejeros, porque los hombres se comportarán siempre
mal mientras la necesidad no los obligue a lo contrario. De esto se concluye
que es conveniente que los buenos consejos, vengan de quien vinieren, nazcan
de la prudencia del príncipe y no la prudencia del príncipe de los buenos
consejos.
Capitulo XXIV
POR QUE LOS PRÍNCIPES DE ITALIA PERDIERON SUS ESTADOS
Las reglas que acabo de exponer, llevadas a la práctica con prudencia, hacen
parecer antiguo a un príncipe nuevo y lo consolidan y afianzan en seguida en
el Estado como si fuese un príncipe hereditario. Por la razón de que se
observa mucho más celosamente la conducta de un príncipe nuevo que la de uno
hereditario, si los hombres la encuentran virtuosa, se sienten más
agradecidos y se apegan mis a é1 que a uno de linaje antiguo. Porque los
hombres se ganan mucho mejor con las cosas presentes que con las pasadas, y
cuando en las presentes hallan provecho, las gozan sin inquirir nada; y
mientras el príncipe no se desmerezca en las otras cosas, estarán siempre
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