|
acontecimientos se presentan de tal modo que el príncipe que es cauto y
paciente se ve favorecido, su gobierno será bueno y él será feliz; mas si
cambian, está perdido, porque no cambia al mismo tiempo su proceder. Pero no
existe hombre lo suficientemente dúctil como para adaptarse a todas las
circunstancias, ya porque no puede desviarse de aquello a lo que la
naturaleza lo inclina, ya porque no puede resignarse a abandonar un camino
que siempre le ha sido próspero. El hombre cauto fracasa cada vez que es
preciso ser impetuoso. Que si cambiase de conducta junto con las
circunstancias, no cambiaría su fortuna.
El papa Julio II se condujo impetuosamente en todas sus acciones, y las
circunstancias se presentaron tan de acuerdo con su modo de obrar que
siempre tuvo éxito. Considérese su primera empresa contra Bolonia, cuando
aun vivía Juan Bentivoglio. Los venecianos lo veían con desagrado, y el rey
de España deliberaba con el de Francia sobre las medidas por tomar; pero
Julio II, llevado por su ardor y su ímpetu, inició la expedición poniéndose
él mismo al frente de las tropas. Semejante paso dejó suspensos a España y a
los venecianos; y éstos por miedo, y aquélla con la esperanza de recobrar
todo el reino de Nápoles, no se movieron; por otra parte, el rey de Francia
se puso de su lado, pues al ver que Julio II había iniciado la compañía, y
como quería ganarse su amistad para humillar a los venecianos, juzgó no
poder negarle sus tropas sin ofenderlo en forma manifiesta. Así, pues, Julio
II, con su |
impetuoso ataque, hizo lo que ningún pontífice hubiera logrado con toda la
prudencia humana; porque si él hubiera esperado para partir de Roma a tener
todas las precauciones tomadas y ultimados todos los detalles, como
cualquier otro pontífice hubiese hecho, jamás habría triunfado, porque el
rey de Francia hubiera tenido mil pretextos y los otros amenazado con mil
represalias. Prefiero pasar por alto sus demás acciones, todas iguales a
aquélla y todas premiadas por el éxito, pues la brevedad de su vida no le
permitió conocer lo contrario. Que, a sobrevenir circunstancias en las que
fuera preciso conducirse con prudencia, corriera a su ruina, pues nunca se
hubiese apartado de aquel modo de obrar al cual lo inclinaba su naturaleza.
Se concluye entonces que, como la fortuna varía y los hombres se obstinan en
proceder de un mismo modo, serán felices mientras vayan de acuerdo con la
suerte e infelices cuando estén en desacuerdo con ella. Sin embargo,
considero que es preferible ser impetuoso y no cauto, porque la fortuna es
mujer y se hace preciso, si se la quiere tener sumisa, golpearla y
zaherirla. Y se ve que se deja dominar por éstos antes que por los que
actúan con tibieza. Y, como mujer, es amiga de los jóvenes, porque son menos
prudentes y más fogosos y se imponen con más audacia.
|
 |