llegar a ser consejero; si te está prohibido el púlpito, y no te llaman a
las juntas, pon los ojos en la grande latitud de provincias y pueblos, y
verás que nunca se te prohíbe tanta parte que no sea mucho mayor la que se
te deja. Pero advierte en que esta culpa no sea toda tuya, por no querer
servir a la república, si no te hacen oidor o uno de los cincuenta
magistrados, o sacerdote de Ceres, o Supremo dictador. ¿Será bueno que no
quieras militar si no te hacen general o tribuno? Si otros están en la
primera frente, y la fortuna te puso en retaguardia, pelea desde ella con
la voz, con la exhortación, con el ejemplo y con el ánimo. El que estando a
pie quedo esfuerza a los demás con vocería, hallará cómo ayudar en la
guerra, aun después de cortadas ambas manos. Lo mismo harás tú, si la
fortuna te apartase de los primeros puestos de la república, si estuvieres
firme y la ayudares con voces; y si te cerraren los labios, no descaezcas,
ayúdala con silencio, que el cuidado del buen ciudadano jamás es inútil,
pues siempre hace fruto con el oído, con la vista, con el rostro, con la
voluntad y con una tácita obstinación y hasta con los mismos pasos; porque
al modo que muchas cosas salutíferas hacen provecho con sólo olerlas, sin
llegar a gustarlas ni tocarlas, así la virtud esparce mil utilidades,
aunque esté lejos y escondida, ora use de su derecho, ora tenga las
entradas precarias, hallándose obligada a recoger las velas, ora esté
ociosa y muda o encarcelada en angosto sitio, ora esté en público, porque
en cualquier traje será provechosa. ¿Piensas tú que es de poco fruto el
ejemplo del que retirado vive bien? Asegúrote que es cosa muy superior
mezclar el ocio en los negocios cuando se prohíbe la vida activa, o ya con
casuales impedimentos, o con el estado de la república. Porque nunca se
cierran tan de todo punto las cosas que no quede lugar
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para alguna acción honesta. ¿Podrás por ventura hallar alguna ciudad más
perdida de lo que fue la de Atenas, cuando los treinta tiranos la
despedazaban, habiendo muerto a mil y trescientos ciudadanos de los
mejores, sin poner esto fin a la ciudad que consigo mismo se irritaba? En
esta república, donde estaba el rigurosísimo tribunal de los areopagitas y
donde se juntaban el pueblo y el Senado en forma de Senado, allí se juntaban
también cada día un colegio de homicidas y un infeliz tribunal angosto para
tantos tiranos. ¿Podía, por ventura, tener alguna quietud aquella ciudad,
donde los tiranos eran tantos cuantos los soldados de la guarda, sin que se
pudiese ofrecer a los ánimos esperanza alguna de libertad y sin descubrirse
camino para el remedio contra tan gran fuerza de infortunios? ¿De dónde,
pues, habían de salir para el reparo de tan mísera ciudad tantos Hermodios?
De que estaba Sócrates en ella, y consolaba a los senadores que lloraban,
y exhortaba a los que desconfiaban de la salud de la república, y
baldonaba a los ricos que temían perder las riquezas con el tardío
arrepentimiento de su peligrosa avaricia, y daba a los que le querían
imitar un heroico ejemplo, viéndole que andaba libre entre treinta dueños.
A éste, pues, que con valor se oponía al escuadrón de tiranos, mataron los
atenienses, no pudiendo aquella ciudad, cuando se vio libre, sufrir la
libertad; y con esto verás que en república afligida hay ocasión de que se
manifieste el varón sabio, y que, al contrario, en la floreciente y bien
afortunada reinan el dinero, la envidia y otros mil flacos vicios. En la
forma, pues, que estuviere la república, y en la que la fortuna nos
permitiere, nos hemos de desplegar o encoger; pero siempre ha de ser
nuestro movimiento sin entorpecernos por estar atados con temor. Antes
aquel se podrá llamar varón fuerte,
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