que amenazado por todas partes de los peligros, y oyendo cerca el ruido de
las armas y el estruendo de las cadenas, no atropellare ni escondiere la
virtud, no siendo justo hacer ofensa a la que le conserva. Entiendo que fue
Curio Dentado el que decía, que quisiera más ser muerto que dejar de vivir.
El último de los males naturales es el salir del número de los vivos antes
de morir; pero con todo eso conviene hacerlo cuando te trajere la suerte a
tiempo menos tratable para la república, para que con el ocio y las letras
la ayudes más, y que, como quien se halla en alguna peligrosa navegación,
procures tomar puerto, no esperando a que te dejen los negocios, sino
dejándolos tú.
Capítulo IV
Ante todas cosas conviene pongamos los ojos en nosotros mismos, y después
en los negocios que emprendemos, por quién y con quién los emprendemos. Y
lo primero que cada uno ha de hacer es tantear su capacidad; porque muchos
nos persuadimos a que tenemos fuerzas para llevar más carga de la que en
efecto podemos. Hay unos que en confianza de su elocuencia se despeñan;
otros gravan su hacienda más de lo que puede sufrir; otros con ocupación
laboriosa oprimen su enfermizo cuerpo. A unos impide la vergüenza para el
manejo de negocios civiles, que requieren osada frente, y en otros no es
conveniente para palacio su terquedad: unos saben enfrenar la ira; y a
otros cualquier indignación los enfurece, y algunos no saben poner límite a
la graciosidad, ni abstenerse de peligrosas chocarrerías. A todos éstos más
seguro será el ocio que la ocupación, siendo bien que la naturaleza
impaciente y feroz evite las ocasiones nocivas a su libertad.
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Capítulo V
Débense después de esto pesar las cosas que emprendemos, cotejándolas con
nuestras fuerzas: porque siempre es conveniente sean mayores las del que
lleva que las de lo que ha de ser llevado, porque si éstas son mayores,
será forzoso opriman al llevador. Demás de esto, hay otros negocios que no
tienen tanto de grandes como de fecundos, porque encadenan consigo otros
muchos; y estos de quien se originan varias y nuevas ocupaciones, son de
los que debemos huir, sin entrar en parte donde no tengamos libre la
salida. Sólo has de poner mano en aquellas cosas que esté en tu voluntad el
hacer, o esperar que tengan fin, dejando las que se extienden a mayor
latitud, sin poder terminarse cuando propusiste.
Capítulo VI
Has de hacer, finalmente, examen de los hombres, para ver si son dignos de
que en ellos empleemos parte de nuestra vida, o si les alcanza algo de la
pérdida de nuestro tiempo. Hay algunos que nos hacen cargo de las buenas
obras que voluntariamente les hicimos. Atenodoro dijo que aun no iría al
convite de aquel que no se juzgase deudor en tenerlo por su convidado.
Persuádome que juzgarás que éste mucho menos iría a las casas de aquellos
que quieren con dar su mesa recompensar las amistades de sus amigos,
computando por dádivas los platos, y queriendo disculpar su destemplanza
diciendo va encaminada a honor de los convidados: quita tú a éstos que no
tengan testigos de sus convites y no tendrán gusto con el regalo secreto.
También
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