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debes considerar si tu naturaleza es más apta al  despacho de negocios, o a estudios retirados y a contemplación, y luego te  has de encaminar a la parte donde te guía la fuerza de tu ingenio.  Isócrates sacó del Tribunal a un consejero asiéndole por la mano, porque  juzgó ser más apto para escribir historias y anales: que los ingenios  forzados no responden bien; y si repugna la naturaleza, es bueno el  trabajo.

 

Capítulo VII

 

Ninguna cosa hay que tanto deleite el ánimo como la dulce y fiel  amistad, siendo gran bien estar dispuestos los pechos para que con  seguridad se deposite cualquier secreto en aquel cuya conciencia temas  menos que la tuya, cuya conservación mitigue tus cuidados, cuyo parecer  aclare tus dudas, cuya alegría destierre tu tristeza y, finalmente, cuya  presencia deleite tu vida. Hemos de elegir los amigos tales que, en cuanto  fuere posible, estén desnudos de deseos: porque los vicios entran  solapados y después se extienden a todo lo que hallan cercano, ofendiendo  con el contacto; por lo cual conviene (como se hace en tiempos de  pestilencia) que no nos sentemos junto a los cuerpos infectos y tocados de  la enfermedad, porque, atraeremos a nosotros los peligros, y con sola la  comunicación vendremos a enfermar. De tal manera debemos cuidar en elegir  los talentos de los amigos, que sean sin tener la menor falta, porque  suele ser origen de enfermedad mezclar lo sano con lo que no lo está. Pero  en esto no es mi intento decirte que a tu amistad no atraigas otros más  que al sabio: porque ¿dónde has de hallar a éste, a quien todos los siglos  hemos buscado? Por bueno has de tener al que no es muy malo,

pues apenas  tuvieras comodidad de hacer mejor elección, aunque buscaras los buenos  entre los Platones y Xenofontes y en aquella fértil cosecha de los  discípulos de Sócrates, y aunque gozaras de la edad de Catón, que habiendo  producido muchos hombres dignos de haber nacido en su vida, produjo otros  muchos peores que en otro algún siglo, siendo maquinadores de grandes  maldades; y siendo los unos y los otros necesarios para que fuese conocido  Catón, convino hubiese buenos de quien fuese aprobado, y malos en quien se  experimentase su valor. Pero en este tiempo, en que hay tanta falta de  buenos, hágase elección menos fastidiosa, y en primer lugar no se elijan  hombres tristes, que todo lo lloran, sin que haya cosa alguna que no les  sirva de motivo para quejas; y aunque éstos tengan fe y amor, es contrario  a la tranquilidad el compañero que anda siempre inquieto y el que se  lamenta de todo.

Capítulo VIII

 

Pasemos a la hacienda, ocasión grande de las ruinas humanas; porque  si hacemos comparación de las demás cosas que nos congojan, como son la  muerte, las enfermedades, los temores, los deseos y el padecer dolores y  trabajos con los demás daños que nuestro dinero nos acarrea, hallarás que  la hacienda es la que nos pone mayor gravamen; y así debemos ponderar cuán  más ligero dolor es no tenerla, que el perderla después de tenida; y con  esto conocemos que, al paso que la pobreza es menor materia de tormento,  lo es de daño: porque te engañas si juzgas que los ricos sufren más  animosamente las pérdidas. El dolor de las heridas es igual a los pigmeos  y gigantes. Bien dijo con elegancia que el mismo dolor sentían los calvos  que los

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