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guedejudos, cuando les arrancaban algún cabello. Esto mismo has de entender
de los pobres y de los ricos que sienten un mismo tormento: porque estando
los unos y los otros asidos al dinero, no puede arrancárseles sin dolor;
pero como tengo dicho, más tolerable es el no adquirir que el perder: y así
verás que viven más contentos aquellos en quien jamás puso los ojos la
fortuna que los otros de quien los apartó. Bien conoció esta verdad
Diógenes, varón de grande ánimo, y dispúsose a no poseer cosa que se le
pudiese quitar. A esta que yo llamo tranquilidad, llámala tú pobreza,
necesidad o miseria, y ponle otro cualquier ignominioso nombre, que cuando
hallares alguno libre de pérfidas, juzgaré que Diógenes no fue dichoso, o
yo me engaño, o sólo el reino de la pobreza no puede ser ofendido de los
avarientos, de los engañadores, de los ladrones y robadores; y si alguno
duda de la felicidad de Diógenes, podrá también dudar de la de los dioses
inmortales, pareciéndole que no viven felices porque no tienen adornados
jardines ni preciosas quintas cultivadas de ajenos caseros, y porque no
tienen grandes juros en los erarios. Tú, que con las riquezas te
desvaneces, ¿no te avergüenzas de ello? Vuelve los ojos al mundo, y verás
que los dioses, que lo dan todo, están desnudos y sin poseer cosa alguna:
¿juzgarás tú por pobre, o por semejante a los dioses, al que se desnudó de
todas las riquezas? ¿Tienes por más dichosos a Demetrio y Pompeyano, que no
hubieron vergüenza de ser más ricos que Pompeyo, haciéndoseles cada día
relación de los criados que tenían, como la que al emperador se hace de los
soldados de su ejército, habiendo poco antes sido las riquezas de éstos,
dos esclavos, que sustituyendo servían por ellos, y un aposento algo más
acomodado? Huyósele a Diógenes un solo esclavo que tenía, llamado Manes, y
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habiendo sabido dónde estaba, no hizo diligencia en recobrarle, diciendo
parecería cosa torpe que pudiendo Manes vivir sin Diógenes, no pudiese
Diógenes vivir sin Manes. Paréceme que en esto dijo a la fortuna, hiciese
lo que quisiese, que ya no tenía que ver con él: huyóseme mi esclavo o, por
mejor decir, fuese libre, pídenme de comer y vestir mis criados, siendo
forzoso dar sustento a los estómagos de tantos voraces animales, siéndolo
asimismo el vestirlos, y el vivir cuidadoso de sus arrebatadoras manos,
siendo inexcusable el servirnos de quien siempre vive con llantos y quejas.
Más dichoso es aquel que a nadie debe cosa alguna, sino es a quien con
facilidad puede negar la paga, que es a sí mismo. Pero ya que no nos
hallamos con suficientes fuerzas, conviene por lo menos estrechar nuestros
patrimonios para estar menos expuestos a las injurias de la fortuna. Los
cuerpos pequeños, que con facilidad se pueden cubrir con las armas están
más seguros que aquellos a quien su misma grandeza expone más descubiertos
a las heridas: de la misma suerte es más seguro aquel estado que ni llega a
la pobreza ni con demasía se aparta de ella.
Capítulo IX
Agradáranos esta moderación, si nos agradare primero la templanza, sin la
cual no hay riquezas que basten, y sin ella ningunas obedecen
bastantemente, estando tan en nuestra mano el remedio, pudiendo, con sólo
admitir la templanza, convertirse la pobreza en riqueza. Acostumbrémonos a
desechar el fausto, midiendo las alhajas con la necesidad que de ellas
tenemos: la comida sirva para dar satisfacción a la hambre, la bebida para
extinguir la sed, y camine el deseo
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