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que forman sus simulacros: así todo lo que se intenta contra el sabio, proterva, insolente y soberbiamente, se intenta en vano. Dirás que mejor fuera que ninguno intentara hacerle ofensa: cosa dificultosa pretendes en desear inocencia en el linaje humano. Mayor interés fuera de los que quieren hacer injuria al sabio en no hacérsela,  que el que tiene el sabio en no recibirla; pero aunque se le haga, no la  puede padecer; antes juzgo que aquella sabiduría que entre las cosas que  la impugnan se muestra tranquila es la que tiene más fuerzas, al modo que  es indicio de que el emperador se halla poderoso en armas y soldados  cuando se juzga seguro en las tierras del enemigo. Separemos, si te  parece, amigo Sereno, la injuria de la afrenta. La primera es por su  naturaleza más grave, y esta segunda más ligera; y solos los delicados la  juzgan por pesada; y no siendo con ella damnificados, sino solamente  ofendidos, es tan grande el dejamiento y vanidad de los ánimos que son  muchos los que piensan no les puede suceder cosa más acerba. Hallarás  algún esclavo que quiera más ser azotado que abofeteado, y que juzgue por  más tolerable la muerte que las palabras injuriosas; porque hemos llegado  ya a tan grande ignorancia, que no nos sentimos tanto de dolor, cuanto de  su opinión; como los niños a quien ponen miedo la sombra, la deformidad de  las personas y las malas caras, y les hacen llorar los nombres  desapacibles a los oídos, y las amenazas de los dedos, y otras cosas de  que, como poco próvidos, huyen.

Capítulo V

 

El fin de la injuria es hacer algún mal; pero la sabiduría no le deja  lugar en que entre: porque para ella no hay otro mal si no es la torpeza,  la cual no tiene entrada donde una vez

entraron la virtud y lo honesto:  según lo cual, es cosa cierta que no puede llegar la injuria al sabio;  porque el padecer algún mal es lo que se llama injuria, y el sabio no le  padece, es evidencia de que no tiene que ver con él la injuria; porque  toda injuria es una cierta disminución del sujeto en quien cae, no siendo  posible recibirla sin alguna pérdida, o en el cuerpo o en la dignidad, o  en alguna de las cosas que están fuera de nosotros; pero el sabio no puede  perder cosa alguna, porque las tiene todas depositadas en sí mismo, sin haber entregado alguna a la fortuna, teniendo todos sus bienes en parte firme, y contentándose con la virtud, que no necesita de las cosas  fortuitas; y así, ni puede crecer ni menguar, porque lo que ha llegado a  la cumbre no tiene a donde pasar, y la fortuna no quita sino lo que ella  dio; y como no dio la virtud, no puede quitarla: ésta es libre,  inviolable, firme, incontrastable, y de tal manera fortalecida contra los  sucesos, que no sólo no puede ser vencida, pero ni aun inclinada. Tiene  muy abiertos los ojos contra los aparatos de las cosas terribles y no hace  mudanza en el rostro, ora se lo pongan delante sucesos prósperos, ora adversos. Y finalmente, el sabio jamás pierde aquello que le puede causar sentimiento, porque sólo posee la virtud, de la cual no puede ser  desposeído, y de las demás cosas tiene una posesión precaria. ¿Quién,  pues, se lamenta con la pérdida de lo que es ajeno? Por lo cual si la  injuria no puede damnificar a las cosas que el sabio tiene por propios  porque están fortificadas con la virtud, no podrá hacerse injuria al  sabio. Tomó Demetrio Policertes la ciudad de Megara; y habiendo preguntado  a Stilpón filósofo qué pérdida había hecho, le respondió que ninguna,  porque tenía consigo todos sus bienes, no obstante que el enemigo le había  despojado de su patrimonio, robándole sus hijas, y violado su patria. 

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