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Disminuyóle con esta respuesta la victoria: porque habiendo perdido la  ciudad, no sólo no se tuvo por vencido, más antes dio a entender no estar  damnificado, mientras quedaban en su poder los verdaderos bienes de que no  se puede hacer presa; y los que le habían sido robados y disipados, los  tenía por adventicios y por sujetos a los antojos de la fortuna y por esta  razón no los amaba como propios: pues de todo lo que está de la parte de  afuera, es incierta y deslizadera la posesión. Juzga, pues, ahora si a  este sabio, a quien la guerra y el enemigo práctico en batir murallas no  pudieron quitar cosa alguna, si se la podrá quitar el ladrón, el  calumniador, el vecino poderoso o el rico, que por no tener hijos se hace  respetar como rey. Entre las espadas por todas partes relumbrantes, y  entre el tumulto militar para la presa, entre las llamas y la sangre,  entre las ruinas de una ciudad saqueada, y entre el fuego de los templos  que caían sobre sus dioses, sólo hubo paz en este hombre. Según esto, no  hay para que juzgues por atrevida mi proposición, pues si tuvieres de mí  poco crédito, te daré fiador. Y si te parece que en un hombre no puede  haber tanta parte de firmeza ni tal grandeza de ánimo, ¿qué dirás si te  pongo delante quien diga lo siguiente?

Capítulo VI

 

No hay por qué dudes de que hay hombre nacido que pueda levantarse  sobre las cosas humanas, mirando con tranquilidad los dolores, las  pérdidas, las llagas, las heridas y, finalmente, los grandes movimientos  que cercándole braman mientras él plácidamente sufre las cosas adversas y  con moderación las prósperas, sin rendirse con aquéllas ni desvanecerse  con éstas, siendo uno mismo entre tan

diversos casos, y sin juzgar que hay  algo que sea suyo, si no es a sí mismo, y esto por la parte en que es  mejor. Aquí estoy para probarte esta verdad con este destruidor de tantas  ciudades. Podrán desmoronarse con la batería de las murallas, y caer de  repente con las secretas minas las altas torres; podrán subir los  baluartes de modo que se igualen a los más encumbrados alcáceres, pero  ningunas máquinas militares se hallarán para conmover un ánimo bien  fortalecido. «Libréme (dice) de las ruinas de mi casa, y huí por medio de  las llamas que de todas partes estaban relumbrando; y no sé si el suceso  que habrán tenido mis hijos será peor que el público. Yo, solo y viejo,  viéndome cercado de enemigos, digo que toda mi hacienda está en salvo,  porque tengo y poseo todo lo que de mí tuve; no tienes por qué juzgarme  vencido ni estimarte por vencedor; tu fortuna fue la que venció a la mía.  Yo ignoro dónde están aquellas cosas caducas que mudaron dueño; pero lo  que a mí me toca, conmigo está y estará siempre. En este caso perdieron  los ricos sus riquezas, los lascivos sus amores y las amigas amadas con  mucha costa la vergüenza. Los ambiciosos perdieron los tribunales y lonjas  y los demás lugares destinados para ejercer en público sus vicios. Los  logreros perdieron las escrituras en que la avaricia, fingidamente alegre,  tenía puesto el pensamiento; pero yo todo lo tengo libre y sin lesión. A  estos que lloran y se lamentan, y a los que por defender sus riquezas  oponen sus desnudos pechos a las desnudas espadas, y a los que, huyendo  del enemigo, llevan cargados los senos, puedes preguntar lo que perdieron.» Ten, pues, por cosa cierta, amigo Sereno, que aquel varón perfecto, lleno de todas las virtudes humanas y divinas, no perdió cosa alguna, porque sus bienes estaban cercados de murallas firmes e

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