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Capítulo XIII
¿Qué razón, pues, hay para que no creas que tiene esta firmeza de ánimo el
varón sabio, teniendo licencia de confesarla en otros, aunque no sea
precedida de la misma causa? ¿Qué médico se enoja con el frenético? ¿Quién
tiene por injurias las quejas de aquel a quien estando con la fiebre se le
deniega el agua? Advierte que el sabio tiene el mismo oficio con todos que
el médico con sus enfermos, sin que éste se desdeñe de tocar las
obscenidades, ni mirar los excrementos, cuando de ello necesita el enfermo,
y sin que se enoje de escuchar las palabras ásperas de los que, frenéticos,
se enfurecen. Conoce el sabio que muchos de los que andan con la toga y la
púrpura, aunque tienen buen color y parece que están fuertes, están
malsanos; y así, los mira como a enfermos destemplados, y con esto no se
ensaña, aunque desvergonzadamente se atrevan a intentar con la enfermedad
alguna cosa contra el que los cura; y como hace poca estimación de los
honores que el enfermo le da, tampoco hace caudal de las acciones
contumeliosas: y como hace poco aprecio de que un mendigo le honre, tampoco
tiene por injuria si algún hombre de los de la ínfima plebe, siendo
saludado, no le pagó la cortesía; ni se estima en más porque muchos ricos
le estiman: porque conoce que en ninguna cosa se diferencian de los
mendigos, antes son más desdichados; porque los pobres necesitan de poco y
los ricos de mucho; y, finalmente, no se sentirá el sabio de que el rey de
los medos, o Atalo, rey de Asia, pase con silencio y con arrogante rostro
cuando él le saluda: porque conoce que el estado de los reyes no tiene otra
cosa de que se tenga envidia más que la que se tiene de aquel a quien,
en una gran familia, le cupo el cuidado de regir los
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enfermos y enfrenar los locos. ¿Sentiréme yo, por ventura, si uno de los
que en los ejércitos están negociando y comprando malos esclavos, de que
están llenas sus tiendas, me dejó de saludar? Pienso que no me sentiré;
porque ¿qué cosa tiene buena aquel en cuyo poder no hay alguno que no sea
malo? Luego al modo que el sabio desprecia la cortesía o descortesía de
éste, desestimará la del rey que tiene en su servicio esclavos partos,
medos y bactrianos; pero de tal manera que los enfrena con miedo, sin
atreverse jamás a aflojar el arco por ser malos y venales y que desean
mudar de dueño. El sabio con ninguna injuria de éstos se altera; porque
aunque ellos son entre sí diferentes, él los juzga iguales por serlo en la
ignorancia: porque si una vez se abatiese tanto que se alterase con la
injuria o contumelia, jamás podría tener seguridad, siendo ésta el
principal caudal de un sabio, el cual nunca cometerá tal error, que
vengándose de la injuria, venga a dar honor al que la hizo; siendo
consecuencia necesaria el recibirse con alegría el honor de aquel de quien
se sufre molestamente el agravio.
Capítulo XIV
Hay hombres tan mentecatos que juzgan pueden recibir afrenta de una mujer.
¿Qué importa que ella sea rica, que tenga muchos litereros, que traiga
costosas arracadas, que ande en ancha y costosa silla, pues con todo esto
es un animal imprudente, y si no se le arrima alguna ciencia y mucha
erudición es una fiera que no sabe enfrenar sus deseos? Hay algunos que
llevan impacientemente el ser impelidos de los criados guedejudos que los
acompañan, y tienen por afrenta el hallar dificultad en los porteros y
soberbia en el que cuida de las
visitas o sobrecejo en el
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