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de sueños y como por fantasmas nocturnos, que no tienen cosa alguna de
sólido y verdadero; y juntamente se persuade que todos los demás hombres le
son tan inferiores, que no han de tener osadía a despreciar las cosas
superiores a ellos. Esta palabra contumelia se deriva del desprecio; porque
ninguno, si no es el que desprecia, la hace, y ninguno desprecia al que
tiene por mayor y por mejor aunque haga algo de aquello que suelen hacer
los despreciadores. Suelen los niños dar golpes en la cara a sus padres, y
muchas veces desgreñan y arrancan los cabellos a sus madres, escúpenlas,
descúbrenlas en presencia de otros y dícenlas palabras libres, y a ninguna
acción de estas llamamos contumelia. ¿Cuál es la razón? Porque el que lo
hizo no pudo despreciar; y por esta misma causa nos deleita la licenciosa
urbanidad que los esclavos tienen para con sus dueños, cuya audacia y
dicacidad puede atreverse a los convidados cuando empezó en su señor;
porque al paso que cada uno de ellos es más abatido y ridículo, es de más
osada lengua; y para este efecto se suelen comprar muchachos ingeniosos
cuya libertad se perfeccione con maestros que les enseñen a decir injurias
pensadas; y nada de esto tenemos por afrenta, sino por agudezas.
Capítulo XII
Pues ¿qué mayor locura puede haber como el deleitarnos y ofendernos de las
mismas cosas, y el tener por afrenta lo que me dice mi amigo, teniendo por
bufonería lo que me dice el esclavo? El ánimo que nosotros tenemos contra
los niños, ese mismo tiene el sabio contra aquellos que, aun después de
pasada la juventud y habiendo llegado las canas, se están en
la puerilidad y niñez. ¿Han, por
ventura,
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medrado algo éstos en quien están arraigados los males del ánimo? Y si han
crecido, ha sido en errores, diferenciándose de los niños solamente en ser
mayores y en la forma de los cuerpos; que en lo demás no están menos vagos
e inciertos, apeteciendo el deleite sin elección y estando temerosos; y si
se ven algún tiempo quietos, no es por inclinación, sino por miedo. ¿Quién,
pues, habrá que diga hay diferencia entre ellos y los muchachos, mas de que
toda la codicia de éstos es en tener algunos dados y alguna moneda de
vellón, y la de otros es de oro, plata y ciudades? Los muchachos hacen
también entre sí sus magistrados, imitando la garnacha, las varas y los
tribunales que los hombres tienen; los muchachos hacen en las riberas
formas de casas juntadas de arena. Los hombres, como si emprendiesen alguna
cosa grande, se ocupan en levantar piedras, paredes y techos, que habiendo
sido inventados para defensa de los cuerpos, se convierten en peligro
suyo; iguales, pues, son a los muchachos, y si en algo se les adelantan en
algunas cosas mayores, todo al fin es error; y así, no sin causa el sabio
recibe las injurias de éstos como juegos, y tal vez los amonesta con el mal
y con la pena como a muchachos, no porque él haya recibido la injuria, sino
porque la hicieron ellos, y para que desistan de hacerla; al modo que
cuando los caballos rehúsan la carrera, les da el caballero con el azote, y
sin enojarse con ellos los castiga para que el dolor venza la rebeldía. Con
lo cual juntamente verás que está disuelto el argumento que se nos pone,
que el sabio no recibe injuria ni afrenta porque castiga a los que se la
hacen; porque esto no es vengarse, sino enmendarlos.
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