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favorezcamos este intento y que le asistamos con equidad de ánimo y oídos.
Y no porque el sabio se exime de la injuria se disminuye algún tanto vuestra
desvergüenza o vuestros codiciosísimos deseos, ni vuestra temeridad o
soberbia; porque quedando en pie vuestros vicios, queda en su ser esta
libertad del sabio. No decimos que vosotros no tenéis facultad de hacerle
injuria, sino que él echa por alto todas las injurias y que se defiende con
paciencia y grandeza de ánimo. De esta suerte vencieron muchos en las
contiendas sagradas, fatigando con perseverante paciencia las manos de los
que los herían. De este mismo género juzga tú la paciencia y sabiduría de
aquellos que, con larga y fiel costumbre, alcanzaron fortaleza para sufrir
y para cansar cualesquier enemigas fuerzas.
Capítulo X
Pues hemos tratado de la primera parte, pasemos a la segunda, en la cual
refutaremos la afrenta con algunas razones propias y con otras comunes. La
contumelia es menor que la injuria, y de ella nos podemos quejar más que
vengarla, y las leyes no la juzgan digna de castigo. La humildad mueve este
afecto del ánimo que se encoge por algún hecho o dicho contumelioso. No me
admitió hoy Fulano, habiendo admitido a otros, o no escuchó mis razones, o
en público se rió de ellas; no me llevó en el mejor lugar, sino en el peor,
con otros algunos sentimientos de esta calidad, a los cuales no sé qué otro
nombre poder dar sino quejillas de ánimo mareado, en que siempre caen los
delicados y dichosos; porque a los que tienen mayores cuidados no les queda
tiempo para reparar en semejantes impertinencias. Los
entendimientos que de su n atural son
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flacos y mujeriles y que con el demasiado ocio lozanean, como carecen de
verdaderas injurias, se alteran con éstas, cuya mayor parte consiste en la
culpa de quien las interpreta. Finalmente, el que se altera con el agravio
hace demostración que ni tiene cosa alguna de prudencia ni de confianza, y
así se juzga despreciado; y este remordimiento no sucede sin un cierto
abatimiento de ánimo, rendido y desmayado. El sabio, de ninguno puede
ser despreciado; porque, conociendo su grandeza, se persuade a que nadie
tiene autoridad de ofenderle; y no sólo vence éstas, que yo no llamo
miserias, sino molestias del ánimo, pero ni aun las siente. Hay otras cosas
que aunque no derriban al sabio, le hieren, como son los dolores del
cuerpo, la flaqueza, la pérdida de hijos y amigos y la calamidad de la
patria abrasada en guerras. No niego que el sabio siente estas cosas,
porque no le doy la dureza de las piedras o del hierro, pero tampoco fuera
virtud sufrirlas no sintiéndolas.
Capítulo XI
Pues ¿qué es lo que hace el sabio? Recibe algunos golpes, y en
recibiéndolos los rechaza, los sana y los reprime: mas estas cosas menores
no sólo no las siente, pero aun no se vale contra ellas de su acostumbrada
virtud habituada a sufrir, antes no repara en ellas, o las juzga por dignas
de risa. Demás de esto, como la mayor parte de las contumelias hacen los
insolentes y soberbios y los que se avienen mal con su felicidad, viene a
tener el sabio la sanidad y grandeza de ánimo con que rechaza aquel
hinchado afecto, siendo esta virtud tan hermosa que pasa por todas las
cosas de esta calidad como por vanas fantasías
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