cosa alguna al sabio; porque para que pueda dar, ha menester tener; y es
cosa cierta que no tiene cosa de que el sabio pueda tener gusto en
recibirla; según lo cual, ninguno puede ofender ni beneficiar al sabio; al
modo que las cosas divinas ni desean ser ayudadas, ni pueden en sí ser
ofendidas. El sabio está muy próximo a los dioses, y excepto en la
mortalidad, es semejante a Dios; y el que camina y aspira a cosas excelsas,
reguladas con razón, intrépidas y que con igual y concorde curso corren, y
a las seguras y benignas, habiendo nacido para el bien público, siendo
saludable a sí y a los demás, este tal no deseará cosa humilde. Y el que,
estribando en la razón, pasare por los casos humanos con ánimo divino, de
ninguna cosa se lamentará. ¿Piensas que digo solamente que no puedo recibir
injuria de los hombres? Pues digo que ni aun de la fortuna, la cual siempre
que con la virtud tuvo encuentros salió inferior. Si aquello de donde para
amenazarnos no pueden pasar las airadas leyes o los crueles dueños, y
aquello donde se acaba y termina el imperio de la fortuna lo recibimos con
ánimo plácido, igual y alegre, conociendo que la muerte no es mal,
conoceremos por la misma razón que tampoco es injuria; y con eso llevaremos
con más facilidad todas las demás cosas, los daños, los dolores, las
afrentas, los destierros, las faltas de los padres y las heridas; todas las
cuales cosas, aunque cerquen al sabio, no le anegan, ni todos sus
acometimientos le entristecen. Y si con moderación sufre las injurias de la
fortuna, ¿con cuánta mayor sufrirá las de los hombres poderosos, sabiendo
que son las manos con que ella obra?
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Capítulo IX
Finalmente, el sabio sufre todas las cosas, al modo que pasa el invierno,
el rigor y la destemplanza del cielo, y como los calores y enfermedades y
las demás cosas que penden de la suerte; y no juzga de cualquiera que lo
que hace lo guía por consejo, que éste sólo se halla en el sabio, que en
los demás no hay consejos, sino engaños, asechanzas y movimientos pálidos
del ánimo, atribuyéndolo todo a los casos. Porque todo lo que es casual y
fortuito, si se enfurece y altera, es fuera de nosotros. ¿Y piensas también
que aquellos por quien se nos dispone algún peligro tienen ancha materia a
las injurias, ya con testigos supuestos, ya con falsas acusaciones, ya
irritando contra nosotros los movimientos de los poderosos, con otros mil
latrocinios que pasan aun entre los de ropas largas, teniendo también por
injuria si se les quita su ganancia o el premio mucho tiempo procurando, si
les salió incierta la herencia solicitada con grandes diligencias,
quitándoseles la gracia de la casa que les había de ser provechosa? Pues
todo esto lo desprecia el sabio, porque no sabe vivir en esperanza o en
miedo de lo temporal. Añade a esto que ninguno recibe injuria sin
alteración de ánimo: porque cuando la suerte se perturba, y el varón
levantado carece de perturbación por ser templado y de alta y plácida
quietud; y si la injuria tocara al sabio, conmoviérale e inquietárale,
siendo cierto que carece de la ira injusta que suele despertar la
apariencia de injuria, porque sabe no puede hacérsele; por lo cual,
hallándose firme y alegre y en continuo gozo, de tal manera no se congoja
con las ofensas de los hombres, que la misma injuria y aquello con que ella
quiso hacer experiencia del sabio tentando su virtud, se hallan
frustrados. Ruégoos que
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