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sucediéndoles lo que al mar, en quien después de pacificados los vientos  quedan alteradas las olas, sin que jamás les solicite el descanso a dejar  sus deseos. ¿Piensas que hablo de solos aquellos cuyos males son notorios?  Pon los ojos en los demás, a cuya felicidad se arriman muchos, y verás que  aun éstos se ahogan con sus propios bienes. ¿A cuántos son molestas sus  mismas riquezas? ¿A cuántos ha costado su sangre el vano deseo de ostentar  su elocuencia en todas ocasiones? ¿Cuántos con sus continuos deleites se  han puesto pálidos? ¿A cuántos no ha dejado un instante de libertad el  frecuente concurso de sus paniaguados? Pasa, pues, desde los más ínfimos a  los más empinados, y verás que éste ahoga, el otro asiste, aquél peligra,  éste defiende, y otro sentencia, consumiéndose los unos en los otros.  Pregunta la vida de estos cuyos nombres se celebran, y verás que te  conocen por las señales, que éste es reverenciador de aquél, aquél del  otro, y ninguno de sí. Con lo cual es ignorantísima la indignación de  algunos que se quejan del sobrecejo de los superiores cuando no los hallan  desocupados yendo a visitarlos. ¿Es posible que los que, sin tener  ocupación, no están jamás desocupados para sí mismos, han de tener  atrevimiento para condenar por soberbia lo que quizá es falta de tiempo?  El otro, séase el que se fuere, por lo menos tal vez, aunque con rostro  mesurado puso los ojos en ti, tal vez te oyó, y tal vez te admitió a su  lado, y tú jamás te has dignado de mirarte ni oírte.

 

Capítulo III

 

No hay para qué cargues a los otros estas obligaciones, pues cuando  fuiste a buscarlos, no fue tanto para estar con ellos,

cuanto porque no  podías estar contigo. Aunque concurran en esto todos los ingenios que  resplandecieron en todas las edades, no acabarán de ponderar  suficientemente esta niebla de los humanos entendimientos. No consienten  que nadie les ocupe sus heredades; y por pequeña que sea la diferencia que  se ofrece en asentar los linderos, vienen a las piedras y las armas; y  tras eso, no sólo consienten que otros se les entren en su vida, sino que  ellos mismos introducen a los que han de ser poseedores de ella. Ninguno  hay que quiera repartir sus dineros, habiendo muchos que distribuyen su  vida: muéstranse miserables en guardar su patrimonio, y cuando se llega a  la pérdida de tiempo, son pródigos de aquello en que fuera justificada la  avaricia. Deseo llamar alguno de los ancianos, y pues tú lo eres, habiendo  llegado a lo último de la edad humana, teniendo cerca de cien años o más,  ven acá, llama a cuentas a tu edad. Dime, ¿cuánta parte de ella te  consumió el acreedor, cuánta el amigo, cuánta la República y cuánta tus  allegados, cuánta los disgustos con tu mujer, cuánta el castigo de los  esclavos, cuánta el apresurado paseo por la ciudad? Junta a esto las  enfermedades tomadas con tus manos, añade el tiempo que se pasó en  ociosidad, y hallarás que tienes muchos menos de los que cuentas. Trae a  la memoria si tuviste algún día firme determinación, y si le pasaste en  aquello para que le habías destinado. Qué uso tuviste de ti mismo, cuándo  estuvo en un ser el rostro, cuándo el ánimo sin temores; qué cosa hayas  hecho para ti en tan larga edad; cuántos hayan sido los que te han robado  la vida, sin entender tú lo que perdías; cuánto tiempo te han quitado el  vano dolor, la ignorante alegría, la hambrienta codicia y la entretenida  conversación: y viendo lo poco que a ti te has dejado de ti, juzgarás que  mueres malogrado.

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