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Capítulo IV

 

¿Cuál, pues, es la causa de esto? El vivir como si hubiérades de  vivir para siempre, sin que vuestra fragilidad os despierte. No observáis  el tiempo que se os ha pasado, y así gastáis de él como de caudal colmado  y abundante, siendo contingente que el día que tenéis determinado para  alguna acción sea el último de vuestra vida. Teméis como mortales todas  las cosas, y como inmortales las deseáis. Oirás decir a muchos que en  llegando a cincuenta años se han de retirar a la quietud, y que el de  sesenta les jubilará de todos los oficios y cargos. Dime, cuando esto  propones, ¿qué seguridad tienes de más larga vida? ¿Quién te consentirá  ejecutar lo que dispones? ¿No te avergüenzas de reservarte para las sobras  de la vida, destinando a la virtud sólo aquel tiempo que para ninguna cosa  es de provecho? ¡Oh cuán tardía acción es comenzar la vida cuando se  quiere acabar! ¡Qué necio olvido de la mortalidad es diferir los santos  consejos hasta los cincuenta años, comenzando a vivir en edad a que son  pocos los que llegan! A muchos de los poderosos que ocupan grandes  puestos, oirás decir que codician la quietud, que la alaban y la prefieren  a todos los bienes; que desean (si con seguridad lo pudiesen hacer) bajar  de aquella altura; porque cuando falten males exteriores que les acometan  y combatan, la misma buena fortuna se cae de suyo.

 

Capítulo V

 

El divo Augusto, a quien los dioses concedieron más bienes que a otro  alguno, andaba siempre deseando la quietud, y pidiendo le  descargasen  del  peso de la república.  Todas sus

pláticas iban enderezadas a prevenir  descanso, y con este dulce aunque fingido consuelo de que algún día había  de vivir para sí, entretenía sus trabajos. En una carta que escribió al  Senado, en que prometía que su descanso no sería desnudándose de la  dignidad, ni desviándose de su antigua gloria, hallé estas palabras:  «Aunque estas cosas se pueden hacer con más gloria que prometerse; pero la  alegría de haber llegado al deseado tiempo, me ha puesto tan adelante, que  aunque hasta ahora me detiene el gusto de los buenos sucesos, me recreo y  recibo deleite con la dulzura de estas pláticas.» De tan grande  importancia juzgaba ser la quietud, que ya no podía conseguirla se  deleitaba en proponerla. Aquel que veía pender todas las cosas de su  voluntad, y el que hacía felices a todas las naciones; ese cuidaba gustoso  del día en que se había de desnudar de aquella grandeza. Conocía con  experiencia cuánto sudor le habían costado aquellos bienes, que en todas  partes resplandecen, y cuánta parte de encubiertas congojas encierran,  habiéndose hallado forzado a pelear primero con sus ciudadanos, después  con sus compañeros, y últimamente con sus deudos, en que derramando sangre  en mar y tierra, acosado por Macedonia, Sicilia, Egipto, Siria y Asia, y  casi por todas las demás provincias del orbe, pasó a batallas externas los  ejércitos cansados de mortandad romana, mientras pacifica los Alpes, y  doma los enemigos mezclados en la paz y en el Imperio; y mientras ensancha  los términos pasándolos del Reno, Eúfrates y Danubio, se estaban afilando  contra él en la misma ciudad de Roma las espadas de Murena, de Scipión, de  Lépido y los Egnacios, y apenas había deshecho las asechanzas de éstos,  cuando su propia hija y muchos mancebos nobles, atraídos con el adulterio  como  si  fuera con juramento,  ponían temor a su

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