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quebrantada vejez: después de lo cual le quedaba una mujer a quien temer
otra vez con Antonio. Cortaba estas llagas, cortando los miembros, y al
punto nacían otras; y como en cuerpo cargado con mucha sangre, se alteraban
siempre algunas partes de él. Finalmente deseaba la quietud, y en la
esperanza y pensamiento de ella descansaban sus trabajos. Éste era el deseo
de quien podía hacer que todos consiguiesen los suyos. Marco Tulio
Cicerón, perseguido de los Catilinas, Clodios, Pompeyos y Crasos, los unos
enemigos manifiestos, y otros no seguros amigos; mientras arrimando el
hombro tuvo a la república que se iba a caer, padeció con ella tormentas;
apartado finalmente, y no quieto con los prósperos sucesos, y mal sufrido
con los adversos, abominó muchas veces de aquel su consulado tan sinfín,
aunque no sin causa alabado. ¡Qué lamentables palabras pone en una carta
que escribió a Ático después de vencido Pompeyo, y estando su hijo
rehaciendo en España las quebrantadas armas! «¿Pregúntasme (dice) qué hago
aquí? Estoyme en mi Tusculano medio libre.» Y añadiendo después otras
razones, en que lamenta la edad pasada, se queja de la presente y desconfía
de la venidera. Llamóse Cicerón medio libre, y verdaderamente no le
convenía tomar tan abatido apellido, pues el varón sabio no es medio libre,
siempre goza de entera y sólida libertad: y siendo suelto, y gozando de su
derecho, sobrepuja a los demás, no pudiendo haber quien tenga dominio en
aquel que tiene imperio sobre la fortuna.
Capítulo VI
Habiendo Livio Druso, hombre áspero y vehemente, removido las
nuevas leyes y los daños de Graco, estando
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acompañado de grande concurso de toda Italia, no habiendo antevisto el fin
de las cosas, que no podía ejecutar, ni tenía libertad para retroceder en
ellas, detestando su vida desde la niñez inquieta, se cuenta que dijo que
él solo era quien siendo muchacho no había tenido un día de descanso.
Atrevióse antes de salir de la edad pupilar y de quitarse la ropa pretexta
a favorecer con los jueces las causas de los culpados, interponiendo su
favor con tanta eficacia, que consta haber violentado algunos pareceres.
¿Hasta dónde no había de llegar tan anticipada ambición? Claro está que
aquella tan acelerada audacia había de parar en grande mal particular y
público. Tarde, pues, se quejaba de que no había tenido un día de quietud,
habiendo sido sedicioso desde niño y pesado a los Tribunales. Dúdase si se
mató él mismo: porque cayó habiendo recibido una repentina herida en la
ingle; dudando alguno si en él fue la muerte voluntaria o venida en sazón.
Superfluo será el referir muchos que siendo tenidos de los demás por
dichosísimos, dieron ellos mismos verdadero testimonio de sí; pero en estas
quejas ni se enmendaron, ni enmendaron a otros: porque al mismo tiempo que
las publicaban con palabras, volvían los afectos a su antigua costumbre. Lo
cierto es que aunque llegue nuestra vida a mil años, se reduce a ser muy
corta. En cada siglo se consumen todas las cosas, siendo forzoso que este
espacio de tiempo en que, aunque corre la naturaleza, la apresura la razón,
se nos huya con toda ligereza: porque ni impedimos ni detenemos el curso de
la cosa más veloz, antes consentimos se vaya como si no fuere necesaria y
se pudiese recuperar. En primer lugar pongo aquellos que jamás están
desocu-pados sino para el vino y Venus, porque éstos son los más torpemente
entretenidos; que los demás que pecan engaña-dos con apariencia de gloria
vana, yerran
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