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con cubierta de bien. Ora me hables de los avarientos, ora de  los airados, ora de los guerreros, todos éstos pecan más varonil-mente;  pero la mancha de los inclinados a sensualidad y deleites es torpe.  Examina los días de éstos, mira el tiempo que se les va en contar, en  acechar, en temer, en reverenciar, y cuánto tiempo les ocupan sus  conciertos y los ajenos, cuánto los convites (que ya vienen a tenerse por  oficio), y conocerás que ni sus males ni sus bienes los dejan respirar:  finalmente, es doctrina comúnmente recibida que ninguna acción de los  ocupados en estas cosas puede ser acertada, no la elocuencia ni las artes  liberales; porque el ánimo estrechado no es capaz de cosas grandes, antes  las desecha como holladas; y el hombre ocupado en ninguna cosa tiene menor  dominio que en su vida, por ser dificultosísima la ciencia de vivir.

 

Capítulo VII

 

De las demás artes dondequiera se encuentran muchos profesores, y  algunas hay que aun los muy niños las han aprendido de modo que las  pudieran enseñar; mas la de vivir, toda la vida se ha de ir estudiando, y  lo que más se debe ponderar es que toda ella se ha de gastar en aprender a  morir. Muchos grandes varones, habiendo dejado todos los embarazos,  renunciando las riquezas, oficios y entretenimientos, no se ocuparon en  otra cosa hasta el remate de su vida, sino en el arte de saber vivir: y  muchos de ellos murieron confesando que aún no habían llegado a  conseguirlo: ¿cómo, pues, lo sabrán los que no lo estudian? Créeme que es  de hombres grandes, y que sobrepujan a los humanos errores, no consentir  que se les usurpe un instante de  tiempo,  con  lo  cual  viene  a  ser   larguísima  su  vida,

porque todo lo que ella se extendió fue para ellos, no  consintiendo hubiese cosa ociosa y sin cultivar; no entregaron parte  alguna al ajeno dominio, porque no hallaron equivalente recompensa con que  permutar el tiempo; y así fueron vigilantísimos guardadores de él, con lo  cual les fue suficiente: al contrario, es forzoso les falte a los que el  pueblo ha quitado mucha parte de la vida. Y no entiendas que éstos dejan  de conocer que de aquella causa les procede este daño: a muchos de éstos,  a quien la grande felicidad apesga, oirás exclamar entre la caterva de sus  paniaguados, o en el despacho de los negocios, o en las demás honrosas  miserias, que no les es permitido vivir. ¿Qué maravilla que no se les  permita? Todos aquellos que se te allegan te apartan de ti. ¿Cuántos días  te quitó el preso, cuántos el pretendiente, cuántos la vieja cansada de  enterrar herederos, cuántos el que se fingió enfermo para despertar la  avaricia de los que codician su herencia, cuántos el amigo poderoso que te  tiene, no para amistad sino para ostentación? Haz (te ruego) un avanzo, y  cuenta los días de tu vida y verás cuán pocos y desechados han sido los  que has tenido para ti. El otro que llegó a conseguir el consulado que  tanto pretendió, desea dejarlo y dice: «¿Cuándo se acabará este año?»  Tiene el otro a su cargo las fiestas, habiendo hecho gran aprecio de que  le cayó por suerte la comisión, y dice: «¿Cuándo saldré de este cuidado?»  Escogen a uno para abogado entre todos los demás, y llénase el Tribunal de  gente para oírle, aun hasta donde no alcanza su voz, y dice: «¿Cuándo se  acabará de sentenciar este pleito?» Cada cual precipita su vida,  trabajando con el deseo de lo futuro y con el hastío de lo presente. Pero  aquel que aprovecha para sí todo su tiempo, y el que ordena todos sus días   para  que  le  sean  de  vida,  ni  desea  ni  teme  al  día

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