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juez con infames ganancias, que  tal vez crían postema. El ocio de algunos está ocupado en su aldea o en su  cama; pero en medio de la soledad, aunque se apartaron de los demás, ellos  mismos se son molestos; y así de éstos no hemos de decir que tienen vida  descansada, sino ocupación ociosa.

 

Capítulo XIII

 

¿Llamarás tú desocupado al que gasta la mayor parte del día en  limpiar con cuidadosa solicitud los vasos de Corinto, estimados por la  locura de algunos, y en quitar el orín a las mohosas medallas? ¿Al que  sentado en el lugar de las luchas está mirando las pendencias de los  mozos? Porque ya (¡oh grave mal!) no sólo enfermamos con vicios romanos.  ¿Al que está apareando los rebaños de sus esclavos, dividiéndolos por  edades y colores, y al que banquetea a los que vencen en la lucha? ¿Por  qué llamas descansados a aquellos que pasan muchas horas con el barbero  mientras les corta el pelo que creció la noche pasada, y mientras se hace  la consulta sobre cualquiera cabello, y mientras las esparcidas guedejas  se vuelven a componer, o se compele a los desviados pelos que de una y  otra parte se junten para formar copete? Por cualquier descuido del  barbero se enojan como si fueran varones; enfurécense si se les cortó un  átomo de sus crines, o si quedó algún cabello fuera de orden, y si no  entraron todos en los rizos. ¿Cuál de éstos no quieres más que se  descomponga la paz de la república que la compostura de su cabello? ¿Cuál  no anda más solícito en el adorno de su cabeza que en la salud del  Imperio, preciándose más de lindo  que  de  honesto?  ¿A éstos  llamas   tú   desocupados,

estando tan ocupados entre el peine y el espejo? ¿Pues qué  dirás de aquellos que trabajan en componer, oír y aprender tonos, mientras  con quiebras de necísima melodía violentan la voz que naturaleza les dio,  con un corriente claro, bueno y sin artificio? ¿Aquellos cuyos dedos  midiendo algún verso están siempre haciendo son? ¿Aquellos que llamados  para cosas graves y tristes se les oye una tácita música? Todos éstos no  tienen ocio, sino perezoso negocio. Tampoco pondré convites de éstos entre  los tiempos desocupados, viéndolos tan solícitos en componer los  aparadores, en aliñar las libreas de sus criados, que suspensos están en  cómo vendrá partido el jabalí por el cocinero, con qué presteza han de  acudir los pajes a cualquier seña, con cuánta destreza se han de trinchar  las aves en no feos pedazos, cuán curiosamente los infelices mozuelos  limpian la saliva de los borrachos. Con estas cosas se afecta granjear  fama de curiosos y espléndidos, siguiéndoles de tal modo sus vicios hasta  el fin de la vida, que ni beben ni comen sin ambición. Tampoco has de  contar entre los ociosos a los que se hacen llevar de una parte a otra en  silla o en litera, saliendo al encuentro a las horas del paseo, como si el  dejarle no les fuera lícito. Otro les advierte cuándo se han de lavar,  cuándo se han de bañar, cuándo han de cenar; y llega a tanto la enfermedad  de ánimo relajado y dejativo, que no pueden saber por sí si acaso tienen  hambre. Oí decir de uno de estos delicados (si es que se puede llamar  deleite ignorar la vida y costumbres de los hombres) que habiéndole sacado  de un baño en brazos, y sentádole en una silla, que dijo, preguntando, si  estaba sentado. ¿Piensas tú que este que ignora si está sentado, sabe si  vive, si ve y si está ocioso? No sé si me compadezca más de que lo  ignorase o de que fingiese ignorarlo.  Muchas  son  las  cosas  que  ignoran,  y  

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