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acciones con el nivel de la buena conciencia (que jamás se deja engañar
culpablemente), hace con gusto reflexión en la vida pasada; pero el que con
ambición deseó muchas cosas, el que las despreció con soberanía y las
adquirió con violencia, el que engañó con asechanzas, robó con avaricia y
despreció con prodigalidad, es forzoso tema a su misma memoria. Esta parte
del tiempo pasado es una cosa sagrada y delicada, libre ya de todos los
humanos acontecimientos, y exenta del imperio de la fortuna, sin que le
aflijan pobreza o miedo, ni el concurso de varias enfermedades. Ésta no
puede inquietarse ni quitarse, por ser su posesión perpetua y libre de
recelos. El tiempo presente es sólo de días singulares, y su presencia
consiste en instantes. Pero los días del tiempo pasado, siempre que se lo
mandares, parecerán en tu presencia, consintiendo ser detenidos para ser
residenciados a tu albedrío; si bien para este examen falta tiempo a los
ocupados; que el discurrir sobre toda la vida pasada, es dado solamente a
los entendimientos quietos y sosegados. Los ánimos de los entretenidos
están como debajo de yugo; no pueden mirarse ni volver la cabeza. Anegóse,
pues, su vida, y aunque le añadas lo que quisieres, no fue de más provecho
que lo es la nada, si no exceptuaron y reservaron alguna parte. De poca
importancia es el darles largo tiempo, si no hay en qué haga asiento y
se guarde; piérdeseles por los rotos y agujereados ánimos. El tiempo
presente es brevísimo, de tal manera, que algunos dicen que no le hay,
porque siempre está en veloz carrera; corre y precipítase, y antes deja de
ser que haya llegado, sin ser más capaz a detenerse que el orbe y las
estrellas, cuyo movimiento es sin descanso y sin pararse en algún lugar. No
gozan, pues, los ocupados más que del tiempo presente, el cual es tan
breve, que no se puede comprender, y aun
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éste se les huye estando ellos distraídos en diversas cosas.
Capítulo XII
¿Quieres, finalmente, saber lo poco que viven? Pues mira lo mucho que
desean vivir. Mendigan los viejos decrépitos, a fuerza de votos, el aumento
de algunos pocos años. Fíngense de menos edad, y lisonjéanse con la
mentira; engáñanse con tanto gusto como si juntamente engañaran a los
hados. Pero cuando algún accidente les advierte la mortalidad, mueren como
atemorizados, no como los que salen de la vida, sino como excluidos de
ella. Dicen a voces que fueron ignorantes en no haber vivido, y que si
escapan de aquella enfermedad, han de vivir en descanso; conocen entonces
cuán en vano adquirieron los bienes que no han de gozar, y cuán perdido fue
todo afán. Pero ¿qué cosa estorba que la vida de los que la pasan apartados
de negocios no sea larga? Ninguna parte de ella se emplea en diferente fin,
nada se desperdicia, nada se da a la fortuna, nada con negligencia se
pierde, nada se disminuye con dádivas, nada hay infructuoso; y para decirlo
en una palabra, toda ella está dando réditos, y así, por pequeña que sea,
es suficiente. De que se seguirá que cada y cuando que al varón sabio se
llegare el último día, no se detendrá en ir a la muerte con paso
deliberado. ¿Preguntarásme, por ventura, a qué personas llamo ocupadas? No
pienses que hablo sólo de aquellos que para que desocupen los tribunales es
necesario soltar los perros, y que tienen por honrosos los encontrones que
les dan los que los siguen, y por afrentosos los que reciben de los que no
les acompañan, ni aquellos a quienes sus oficios los sacan de sus casas
para chocar con las puertas ajenas, ni aquellos a quienes enriquece
la vara del
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