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y recambios de ella, y extienden los  pensamientos a término largo, consintiendo la mayor pérdida de la vida en  la dilación: ella nos saca de las manos el primer día, ella nos quita las  cosas presentes, mientras nos está ofreciendo las futuras: siendo gran  estorbo para la vida la esperanza; que pende de lo que ha de suceder  mañana. Pierdes lo presente y, disponiendo de lo que está en las manos de  la fortuna, dejas lo que está en las tuyas. ¿A dónde pones la mira? ¿Hasta  dónde te extiendes? Todo lo que está por venir, es incierto. Vive desde  luego, y advierte que el mayor de los poetas, como inflamado de algún  divino oráculo, cantó aquel saludable verso: «El mejor día de la primera  edad es el primero que huye a los mortales.» ¿Cómo te detienes? (dice).  ¿Cómo tardas? El tiempo huye si no le ocupas; y aunque lo ocupes, huye; y  así, se ha de contrastar su celeridad con la presteza de aprovecharle,  cogiendo con prisa el agua como de arroyo rápido que en pasando la  corriente queda seco. También es muy a propósito para condenar los  pensamientos prolongados, que no llamó buena a la edad, sino al día.

 

Capítulo X

 

¿Cómo, pues, en tan apresurada huida del tiempo quieres tú con  seguridad y pereza extender en una larga continuación los meses y los  años, regulándolos a tu albedrío? Advierte que el poeta habló contigo  cuando habló del día, y del día que huye. No se debe, pues, dudar que huye  el primero buen día a los miserables y ocupados hombres, cuyos pueriles  ánimos oprime la vejez, llegando a ella desapercibidos y desarmados. No  hicieron prevenciones, y dieron  de  repente  en  sus  manos,  no  echando de ver  que

cada día se les iba acercando; sucediéndoles lo que a los caminantes,  que entretenidos en alguna conversación o alguna lectura, o algún interior  pensamiento, echan de ver que han llegado al lugar antes que entendiesen  estaban cerca. Así este continuo y apresurado viaje de la vida, en que  vamos a igual paso los dormidos y los despiertos, no lo conocen los  ocupados sino cuando se acabó.

 

Capítulo XI

 

Si hubiera de probar con ejemplos y argumentos lo que he propuesto, ocurriéranme muchos con que hacer evidencia que la vida de los ocupados es  brevísima. Solía decir Fabiano (no de estos filósofos de cátedra, sino de los verdaderos y antiguos) que contra las pasiones se había de pelear con ímpetu y no con sutileza, ahuyentando el escuadrón de los afectos, no con pequeños golpes, sino con fuertes encuentros; porque para deshacerle no bastan ligeras escaramuzas, sino heridas que corren. Mas para  avergonzarlos de sus culpas, no basta condolernos de ellos; menester es  enseñarles. En tres tiempos se divide la vida: en presente, pasado y  futuro. De éstos, el presente es brevísimo, el futuro dudoso, el pasado  cierto; porque éste, que con ningún imperio puede volver atrás, y en él  perdió ya su derecho la fortuna, es el que no gozan los ocupados, por  faltarles tiempo para poner los ojos en lo pasado; y si tal vez le tienen,  es desabrida la memoria de las cosas pasadas, porque contra su voluntad reducen al ánimo los tiempos mal empleados, sin tener osadía de acordarse de ellos; porque los vicios que con algún halago de deleite presente se iban entrando con disimulación, se manifiestan con la memoria de  los  pasados.  Ninguno  otro,  sino  aquel  que reguló sus

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