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inhumana vanidad.

Capítulo XV

 

¡Oh qué grande ceguera pone a los humanos entendimientos la grande  felicidad! Juzgó aquel que entonces se empinaba sobre la naturaleza,  cuando exponía tanta muchedumbre de miserables hombres a las bestias  nacidas debajo de otros climas, cuando levantaba guerras entre tan  desiguales animales; cuando derramaba mucha gente en la presencia del  pueblo romano, a quien poco después había de forzar a que derramara mucha,  y él mismo después, engañado por la maldad alejandrina, se entregó a la  muerte por mano de un vil esclavo, conociéndose entonces la vana jactancia  de su sobrenombre. Pero volviendo al punto de que me divertí, mostraré en  otra materia la inútil diligencia de algunos. Contaba este mismo sabio que  triunfando Metelo de los cartagineses, vencidos en Sicilia, fue solo entre  los romanos el que llevó delante del carro ciento veinte elefantes  cautivos. Que Sila fue el último de los romanos que extendió la ronda de los muros, no habiendo sido costumbre de los antiguos alargarla cuando se adquiría nuevo campo en la provincia, sino cuando se ganaba en Italia. El saber esto es de más provecho que averiguar si el monte Aventino está  fuera de la ronda, como este mismo afirmaba, dando dos razones: o porque  la plebe se retiró a él, o porque consultando Remo en aquel lugar los  agüeros, no halló favorables las aves, diciendo otras innumerables cosas  que, o son fingidas, o semejantes a ficciones; porque aunque les concedas  escriban estas cosas con buena fe y con riesgo de su  crédito,  dime:  ¿qué  culpas  se  enmendarán  con  esta

doctrina? ¿Qué deseos enfrena? ¿A quién hace  más justo y más liberal? Solía decir nuestro Fabiano que dudaba si era  mejor no ocuparse en algunos estudios o embarazarse en éstos. Solos  aquellos gozan de quietud que se desocupan para admitir la sabiduría, y  solos ellos son los que viven; porque no sólo aprovechan su tiempo, sino  que le añaden todas las edades, haciendo propios suyos todos los años que  han pasado; porque si no somos ingratos, es forzoso confesar que aquellos  clarísimos inventores de las sagradas ciencias nacieron para nuestro bien y encaminaron nuestra vida: con trabajo ajeno somos adiestrados al  conocimiento de cosas grandes, sacadas de las tinieblas a la luz. Ningún  siglo nos es prohibido, a todos somos admitidos; y si con la grandeza de  ánimo quisiéramos salir de los estrechos límites de la imbecilidad humana,  habrá mucho tiempo en que poder espaciarnos. Podremos disputar con  Sócrates, dificultar con Carnéades, aquietarnos con Epicuro, vencer con  los estoicos la inclinación humana, adelantarla con los cínicos, y andar  juntamente con la naturaleza en compañía de todas las edades. ¿Cómo, pues,  en este breve y caduco tránsito del tiempo no nos entregamos de todo  corazón en aquellas cosas que son inmensas y eternas y se comunican con  los mejores? Estos que andan pasando de un oficio en otro, inquietando a  sí y a los demás, cuando hayan llegado a lo último de su locura, y cuando  hayan visitado cada día los umbrales de todos los ministros, y cuando  hayan entrado por todas las puertas que hallaron abiertas, cuando hayan  ido por diferentes casas, haciendo sus interesadas visitas, a cuantos  podrán ver en tan inmensa ciudad, divertida en varios deseos; ¡qué de  ellos encontrarán, cuyo sueño, cuya lujuria o cuya descortesía los  desechen! ¡Cuántos que después de haberles tormentado con hacerles  esperar, se les

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