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su sudor  lo que desean, y poseen con ansias lo que adquirieron con trabajo; y con  esto no cuidan del tiempo, que pasando una vez, jamás ha de volver. A las  antiguas ocupaciones sustituyen otras de nuevo; una esperanza despierta a  otra, y una ambición a otra ambición; no se busca el fin de los trabajos,  pero múdase la materia. Nuestras honras nos atormentan, pero más tiempo  nos consumen las ajenas; acábase el trabajo de nuestra pretensión, y comenzamos el de las intercesiones. Dejamos la molestia de ser fiscales, y conseguimos la de ser jueces; acabóse la judicatura, pasa a contador  mayor; envejeció siendo mercenario procurador de haciendas ajenas, y hállase embarazado con la propia. Dejó a Mario la milicia, y ocupóle el  consulado. Solicita Quintio el huir de la dictadura, y sacaránle para ella  desde el arado. Irá Escipión a las guerras de África sin madura edad para  tan gran empresa; volverá vencedor de Aníbal y de Antíoco, será honor de  su consulado y fiador del de su hermano. Y si él no lo impidiere, le harán  igual a Júpiter; y a éste que era el amparo de la patria acosaran civiles  sediciones. Y al que supo en la juventud desechar los debidos honores, le  deleitará en la vejez la ambición de un pertinaz destierro. Nunca han de  faltar causas de cuidado, ora felices, ora infelices; con las ocupaciones  se cierra la puerta a la quietud, deseándose siempre sin llegar a  conseguirse.

 

Capítulo XIX

 

Desvíate, pues, oh clarísimo Paulino, del vulgo, y recógete a más  seguro puerto, y no sea como arrojado por la vejez. Acuérdate de los mares  que has navegado, las tormentas propias  que has  padecido  y  las que,  siendo  públicas,  has

hecho tuyas. Suficientes muestras ha dado tu virtud en  inquietas y trabajosas ocasiones; experimenta ahora lo que hace en la  quietud. Justo es hayas dado a la República la mayor y mejor parte de la  edad; toma también para ti alguna parte de tu tiempo. Y no te llamo a  perezoso y holgazán descanso, ni para que sepultes tu buena inclinación en  sueño ni en deleites estimados del vulgo; que eso no es aquietarse.  Hallarás retirado y seguro ocupaciones más importantes de las que hasta  ahora has tenido. Administrando tú las rentas del Imperio con moderación  de ser ajenas, con la misma diligencia que si fueran propias y con la rectitud de ser públicas, consigues amor de un oficio en que no es pequeña  hazaña evitar el odio. Pero créeme, que es más seguro el estar enterado de  la cuenta de su vida, que de las del pósito del trigo público. Reduce a ti  ese vigor de ánimo capacísimo de grandes cosas, y apártale de ese  ministerio que, aunque es magnífico, no es apto para vida perfecta; y  persuádete que tantos estudios como has tenido desde tu primera edad en  las ciencias, no fueron a fin de que se entregasen a tu cuidado tantos  millares de hanegas de trigo; de cosas mayores y más altas habías dado  esperanzas. No faltarán para esa ocupación hombres de escogida capacidad y  de cuidadosa diligencia. Para llevar cargas, más aptos son los tardos  jumentos que los nobles caballos, cuya generosa ligereza, ¿quién hay que  la oprima con paso grave? Piensa asimismo de cuánto fastidio sea el  exponerte a tan grande cuidado. Tu ocupación es como los estómagos  humanos, que ni admiten razón ni se mitigan con equidad, porque el pueblo  hambriento no se aquieta con ruegos. Pocos días después que murió Cayo César (si es que en los difuntos hay algún sentido, llevando ásperamente  el haber muerto  quedando  el  pueblo  romano  en  pie   y  con

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