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no es verosímil, porque  siempre te amó como a hermano, veneró como a padre y respetó como a  superior; y así, aunque quiere que le eches menos, no quiere que te  atormentes. ¿De qué, pues, sirve que te consuma el dolor que tu mismo  hermano (si es que en los difuntos hay sentidos) desea que se acabe? De  otros hermanos, de cuya voluntad no hubiera tan segura certeza, dijera yo  con duda esto. Si tu hermano deseara que con incesables lágrimas te  atormentaras, no fuera digno de este tu afecto; y si él no lo quiere, deja  tú ese inútil dolor. Porque el hermano poco amoroso no debe ser llorado  tanto, y el que fue amoroso no querrá que le llores. En éste, en quien fue  tan conocido el amor, debemos tener por cosa cierta que ninguna cosa le  puede ser más acerba que este suceso. Si es acerbo para ti, y si por  cualquier modo te atormenta y conturba tus ojos indignísimos de todo mal,  y si los agota sin poner fin a las lágrimas, ninguna cosa apartará tanto a  tu amor de esas inútiles lágrimas como el pensar que debes dar a tus  hermanos ejemplo de sufrir con fortaleza esta injuria de la fortuna. En  esta ocasión debes hacer lo que los grandes capitanes hacen en los sucesos  graves, en que de industria muestran alegría, encubriendo los casos  adversos con fingido regocijo, porque los soldados no desmayen viendo  quebrantado el ánimo de su capitán. Lo mismo has de hacer tú, mostrando el  rostro disímil del ánimo; y si pudieres acabarlo contigo, debes desechar  de todo punto el dolor, y si no pudieres, enciérralo al menos en lo  interior, encarcelándolo, para que no se deje ver; procura que te imiten  tus hermanos, porque ellos tendrán por justo todo lo que vieren haces, y  formarán su ánimo de tu rostro, y habiéndoles de ser el consuelo y el  consolador, no podrás impedirles su dolor si dieres largas riendas al  tuyo.

 

Capítulo XXV

 

También apartará de ti el excesivo dolor el persuadirte que ninguna  de las cosas que haces se pueden encubrir. Grande estimación te ha dado el  común aplauso de los hombres; conviene conservarla. Toda esta muchedumbre  de consoladores que te tiene cercado atendiendo a tu ánimo, mira que  fuerzas tiene contra el dolor; y especulando si sabes visar de tanta  destreza en las cosas prósperas que sepas sufrir varonilmente las  adversas, pone sus ojos en los tuyos. Más libres son las acciones de  aquellos cuyos afectos se pueden encubrir. Para ti no hay secreto libre,  por haberte puesto la fortuna en mucha luz. Todos sabrán cómo te has  gobernado en esta herida, y si en recibiéndola rendiste las armas, o si  estuviste firme en el puesto. Días ha que el amor de César te levantó al  más alto estado a que te trajeron tus estudios. Ninguna acción plebeya y  humilde te es decente. ¿Qué cosa hay tan ratera y afeminada como  entregarte al dolor para que te consuma? En igual sentimiento no te es  lícito lo que es a tus hermanos. La opinión recibida de tus estudios y  costumbres no te permite muchas cosas. Mucho es lo que los hombres quieren  y esperan de ti. Si querías que todo te fuese lícito, no habías de haber  atraído a ti los ojos de todos. Ahora es forzoso que des todo lo que  prometiste a los que alaban y celebran las obras de tu ingenio; que aunque  algunos no necesitan de tu fortuna, necesitan muchos de tu talento.  Atalaya son de tu ánimo, con lo cual jamás podrás hacer acción alguna  indigna de varón perfecto y erudito, sin que muchos se arrepientan de lo  que de tus partes se admiraron. No te es lícito llorar con demasía; y no  es esto sólo lo que te es lícito, pues aun no lo es el extender el sueño

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