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dolor; pero, ¡ea!, si nos ha de  ser de algún provecho, quejémonos. «¿Qué es lo que quisiste hacer, oh  injusta y violenta fortuna? ¡Oh! ¿Tan presto te arrepentiste de tus  dádivas? ¿Qué crueldad es ésta? Hiciste división entre dos hermanos,  deshaciendo con sangriento robo la concordísima compañía, y turbando la  casa adornada de tan concordes mancebos (sin que en ellos hubiese alguno  que degenerase) sin razón alguna la sacrificaste. Según esto, no es de  provecho la inocencia ajustada con las leyes, ni la antigua frugalidad, no  la potencia de grande felicidad, no la observada abstinencia, no el  sincero y puro amor de las letras, ni la conciencia limpia de toda  mancha.» Llora Polibio, y advertido con la muerte de un hermano de lo que  puede temer en los demás, viene a tener temor en lo mismo que es el  consuelo de su dolor. Hazaña indigna. Llora Polibio teniendo propicio a  César. Sin duda, oh fortuna, emprendiste esta crueldad para ostentar que  ninguno puede ser defendido de tus manos, aun por el mismo César.

 

Capítulo XXIII

 

Podemos quejarnos muchas veces de los hados, pero no los podemos  mudar, porque son duros e inexorables. Nadie los mueve ni con oprobios, ni  con lágrimas, ni con razones. A ninguno perdonan, ni remiten cosa alguna.  Dejemos, pues, las lágrimas que no aprovechan, y el dolor con más  facilidad nos llevará adonde está el difunto, que volverle a que le  gocemos. Si el dolor atormenta y no alivia, conviene dejarle a los  principios, retirando el ánimo de los débiles consuelos y del amargo deseo  de llorar. Si la razón no pusiere fin a nuestras lágrimas, cierto es que  no se le pondrá la fortuna.  Ven acá,  pon los ojos  en  todos los  mortales,  y

verás que en todos ellos hay una larga y continuada materia de llorar: a  uno llama al cotidiano trabajo su pobreza; otro teme las riquezas que  codició, padeciendo con su mismo deseo; a uno aflige la solicitud, a otro  el cuidado y a otro la muchedumbre de los que frecuentan sus zaguanes.  Éste se queja de que está cargado de hijos, aquél de que se han muerto.  Acabaránse las lágrimas antes que las causas del dolor. ¿No ves la vida  que nos ha prometido la naturaleza? Pues ella quiso que el primer agüero  fuese el llanto. Con este principio venimos al mundo, y en él consiste el  orden de los años venideros, y en esta forma pasamos nuestra vida. Por lo  cual conviene que lo que se ha de hacer muchas veces se haga con  moderación y atendiendo a que son muchas las cosas tristes que nos vienen  siguiendo; y si no pudiéremos poner fin a las lágrimas, debemos por lo  menos reservar algunas. En ninguna cosa se debe tener mayor moderación que  en ésta, de que tan frecuente es el uso. Tampoco dejará de ayudarte mucho  el entender que a ninguno es menos grato tu dolor que al mismo a quien  juzgas le das. Él no quiere que te atormentes, o no entiende que te  atormentas. Según esto, no hay razón alguna para esta demostración.  «Porque si aquel por quien se hace no la siente, es superflua; y si la  siente, le es penosa.»

Capítulo XXIV

 

Atrévome a decir que en todo el orbe no hay persona que se deleite  con tus lágrimas. Pues dime: ¿para qué son? ¿Piensas que tu hermano tiene  contra ti el ánimo que ningún otro tiene, queriendo que con tu aflicción  te atormentes, y que pretende apartarte de tus ocupaciones, quiero decir,  de  tus  estudios y del  servicio del César? Esto

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