|
infructuoso. Si con la tristeza hemos de aprovechar algo, no rehúso dar a
tu desgracia la parte de lágrimas que ha quedado de las mías, que si te han
de ser de algún provecho, todavía en estos ojos consumidos con llantos
domésticos hallaré algún humor. No ceses, lloremos, que yo quiero tomar por
mía esta causa: «A juicio de todos fuiste, oh fortuna, reputada por
acerbísima en haberte desviado de aquel que por beneficio tuyo había
llegado a tanta estimación, que ya su felicidad (cosa que pocas veces
sucede) estaba libre de la envidia. Ves aquí a quien diste el mayor dolor
que pudo recibir viviéndole César; y después de haberle cercado por todas
partes, conociste que sola ésta quedaba descubierta a tus heridas. Porque
¿cuál otro daño le podías hacer? ¿Habíasle de quitar las riquezas? Nunca
vivió sujeto a ellas, y ahora en cuanto puede las desecha de sí, y en medio
de tan gran felicidad en adquirirlas, ningún otro mayor fruto saca de ellas
que la ocasión de despreciarlas. ¿Habías de quitarle los amigos? Sabías tú
que era tan amable que con facilidad podría sustituir otros en lugar de los
que le quitases; porque de todas las personas poderosas que yo he conocido
en las casas de los príncipes, a sólo éste he visto cuya amistad (con ser
tan útil) se busque más por afición que por interés. ¿Habíasle de quitar
la buena opinión? Teníala tan asentada que no eras poderosa a
desacreditarle. ¿Habías de privarle de la salud? Conocías que su ánimo (no
sólo criado, sino nacido en las ciencias) estaba de tal manera fundado, que
se levantaba sobre todos los dolores del cuerpo. ¿Habías de quitarle la
vida? Qué ¿tan grande daño piensas que le hacías, habiéndole prometido la
fama larguísima edad? Él hizo de modo que ésta le durase en la mejor
parte; porque habiendo hecho excelentes obras de elocuencia, se libró de
la mortalidad. Todo el tiempo que
|
durare el dar honor a las letras, y mientras se conservare el vigor de la
lengua latina y la gracia de la griega, vivirá entre los insignes varones
cuyos ingenios igualó; y si rehusare esto su modestia, entre aquellos a que
se aplicó.»
Capítulo XXII
«Pusiste, pues, la mira en aquellos en que más le podías ofender; porque
cuando cada uno es mejor, sabe por la misma razón sufrirte más cuando te ve
enfurecida sin causa y tremenda entre los halagos. ¿Qué te costaba dejar
libre de injurias aquel varón a quien parece había venido tu liberalidad
movida más por razón que por tu acostumbrado antojo? Añadamos (si te
parece) a estas quejas la buena inclinación de aquel mancebo que cortaste
entre sus primeros acrecentamientos.» El difunto, oh Polibio, fue digno de
tenerte por hermano, y tú eres dignísimo de no tener ocasión de dolerte aun
por muerte de algún indigno hermano. Él tiene igual testimonio de todos los
hombres que le echan menos en honor tuyo, alabándole en el suyo, sin que
jamás hubiese tenido acción que con gusto no le reconocieses. Tú aun para
hermano menos bueno, fueras bueno; pero habiendo tu piedad hallado en él
idónea materia, se extendió con más libertad. Ninguno conoció con injuria
su potencia, a nadie amenazó con que eras su hermano. Habíase ajustado al
ejemplo de tu modestia; porque cuanto eres de esplendor a tu linaje, le
eres de carga para que te imite, y él satisfizo a esta obligación. ¡Oh
duros hados nunca justos con las virtudes! Antes que tu hermano conociese
su felicidad, fue arrebatado. Bien veo que esta mi indignación no es
suficiente, porque no hay cosa tan dificultosa como hallar
palabras proporcionadas a un gran
|
 |