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de puntual diligencia; y habiéndole Cayo César jubilado en oficio de
procurador sin haberlo él pedido, por ser de más de noventa años, se mandó
echar en la cama y que su familia le llorase como a un muerto. Lloraba,
pues, toda la casa el descanso de su viejo dueño, y no cesó la tristeza
hasta que se le restituyó aquel su trabajo: tanto se estima el morir en
ocupación. Muchos hay de esta opinión, durando en ellos más el deseo que la
potencia: para trabajar pelean con la imbecilidad de su cuerpo, sin
condenar por pesada a la vejez por otro algún título más de por que los
aparta del trabajo. La ley no compele al soldado en pasando de cincuenta
años, ni llama al senador en llegando a sesenta. Más dificultosamente
alcanzan los hombres de sí mismos el descanso que de la ley; y mientras que
son llevados o llevan a otros, y unos a otros se roban la quietud, haciendo
los unos a los otros alternadamente miserables, pasan una vida sin fruto,
sin gusto y sin ningún aprovechamiento del ánimo. Ninguno pone los ojos en
la muerte; todos alargan las esperanzas, y algunos disponen también lo que
es para después de la vida grandes máquinas de sepulcros, epitafios en
obras públicas, ambiciosas dotaciones para sus exequias. Ten por cierto que
las muertes de éstos se pueden reducir a hachas y cirios, como entierro de
niños.
Libro sexto: De consolación
Capítulo XX
Nuestros cuerpos comparados con otros son robustos; pero si los reduces a
la naturaleza, que destruyendo todas las cosas las vuelve al estado de que
las produjo, son caducos; porque manos mortales, ¿qué
cosa podrán hacer que sea
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inmortal? Aquellos siete milagros (y si acaso la ambición de los tiempos
venideros levantare otros más admirables) se verán algún día arrasados por
tierra. Así que no hay cosa perpetua, y pocas que duren mucho. Unas son
frágiles por un modo, y otras por otro; los fines se varían, pero todo lo
que tuvo principio ha de tener fin. Algunos amenazan al mundo con muerte, y
(si es lícito creerlo) vendrá algún día que disipe este universo, que
comprende todas las cosas humanas, sepultándolas en su antigua confusión y
tinieblas. Salga, pues, alguno a llorar estas cosas y las almas de cada
uno. Laméntese también de las cenizas de Cartago, Numancia y Corinto, y si
alguna otra cosa hubo que cayese de mayor altura; pues aun lo que no tiene
donde caer, ha de caer. Salga asimismo otro, y quéjese de que los hados
(que tal vez se han de atrever a empresas inefables) no le perdonaron a él.
Capítulo XXI
¿Quién hay de tan soberbia y desenfrenada arrogancia que en esta inevitable
necesidad de la naturaleza (que produjo todas las cosas a un mismo fin)
pretenda que él y los suyos hayan de ser exentos, queriendo libertar alguna
casa de la ruina que amenaza a todo el orbe? Será, pues, de grande consuelo
pensar cada uno que le sucede lo que padecieron todos los que pasaron, y lo
que han de padecer todos los que vinieren; y juzgo que por esta causa quiso
la naturaleza que fuese común todo aquello que hizo más acerbo, porque la
igualdad sirviese de consuelo en las asperezas del hado. Y no te ayudará
poco el considerar que el dolor ni a ti ni a la persona que te faltó ha de
ser de provecho; con lo cual no has de querer dure
lo que a entrambos ha
de ser
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