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Capítulo XXVII

 

No me atrevo a pasar tan adelante, aconsejándote que con tu  acostumbrada elocuencia enlaces fábulas y apologías, obra aún no intentada  por los ingenios romanos. Porque es cosa difícil que un ánimo tan  fuertemente herido pueda tan presto pasar a estudios regocijados. Ten por  señal cierta de estar el ánimo fortalecido y vuelto a su ser, si de los  estudios graves y serios pudiere pasar a estos más libres; porque en  aquéllos, aunque la austeridad de las cosas que trata le llaman aun  estando enfermo y contra su voluntad, no admitirá estos otros que se han  de tratar con frente desarrugada si no es cuando de todo punto estuviere  convalecido. Así que a los principios les ha de ejercitar en materias más  severas, y templarle después con otras más alegres. También te será de  grande alivio si te hicieres esta pregunta: «¿El dolor que tengo es en mi  nombre o en el del difunto? Si es en el mío, acábase la jactancia que de  mi sufrimiento solía tener, y comience el dolor, sin que haya en él otra  excusa más que el ser honesta; porque el desechar el sentimiento, mira a  utilidad propia, y ninguna cosa hay menos decente al varón bueno, que  llorar por cuenta y razón en la muerte de su hermano. Si me duelo en su  nombre, es necesario que uno de los dos sea juez; porque si a los difuntos  no les queda sentido alguno, mi hermano, libre ya de todas las  incomodidades de la vida, está restituido al lugar donde estuvo antes que  naciese, y exento de todo mal, no hay cosa que tema, ninguna que desee y  ninguna que padezca. Pues ¿qué locura es no dejar jamás de dolerme por el  que jamás ha de tener dolor? Si en los difuntos hay algún sentido, ya el  ánimo de mi hermano, como libre de una larga   prisión,   se   regocija,   gozando  de   la  vista   de   la

naturaleza de las cosas, despreciando desde lugar  superior todas las cosas humanas, y viendo más de cerca las divinas, cuyo  conocimiento buscó en balde tanto tiempo. Pues ¿por qué me aflijo por el  que o es bienaventurado o deja de tener ser? Llorar por el bienaventurado,  es envidia; y por el que no tiene ser, es locura.»

 

Capítulo XXVIII

 

¿Muévete, por ventura, el ver que carece de los grandes bienes que le  rodeaban? Cuando pusieres el pensamiento en las muchas cosas que dejó,  ponte en que son muchas las que deja de temer. No le atormentará la ira ni  le afligirá la enfermedad; no le congojará la sospecha, no le perseguirá  la tragadora envidia enemiga de ajenos acrecentamientos, no le dará  cuidado el miedo, ni le inquietará la liviandad de la fortuna, que en un  instante transfiere en otros sus dádivas. Si haces bien la cuenta, mucho  más es lo que se le perdonó que lo que se le quitó. No gozará de las  riquezas, ni de su gracia y la tuya; no recibirá beneficios ni los dará.  ¿Júzgase desdichado porque perdió estas cosas o dichoso porque no las  desea? Créeme, que es más feliz aquel que no necesita de la fortuna, que  el que la tiene propicia. Todos estos bienes que con hermoso aunque falaz  deleite nos alegran: el dinero, las dignidades, la potencia y las demás  cosas a que con pasmo mira la ciega codicia del linaje humano, se poseen  con trabajo y se miran con envidia, quebrantando a los mismos a quien  adornan, y siendo más lo que amenazan que lo que prometen. Estas cosas son  deslizaderas e inciertas, y jamás se tienen con seguridad; porque cuando  cesasen los temores de lo futuro, la misma conservación de la grande  felicidad es en sí solícita. Si quieres dar crédito a

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