Ir al catálogo

los que más  altamente ponen los ojos en la verdad, toda nuestra vida es un castigo.  Estamos arrojados en este profundo y alterado mar, que con alternados  otoños es recíproco; que levantándonos ya con repentinos crecimientos y  desamparándonos luego con mayores daños, nos descompone, sin permitirnos  estar en lugar firme. Andamos suspensos y fluctuando, y unos chocamos en  otros, y con suceder los naufragios algunas veces, son continuos los  temores. A los que navegan en este tempestuoso mar expuesto a todas las  tormentas, ningún otro puerto hay si no es el de la muerte. No tengas,  pues, envidia a tu hermano, que está ya quieto, libre, seguro y eterno. Él  tiene vivo a César y a toda su generación; tiénete a ti y todos los demás  hermanos vivos. Él, cuando se le mostraba favorable la fortuna, y cuando  con mano liberal le iba acumulando dones, la dejó antes que ella hiciese  alguna mudanza en sus favores. Gozando está ahora de libre y descubierto  cielo, habiendo pasado de un humilde y abatido lugar a resplandecer en  aquel (sea el que fuere) que recibe en su dichoso seno las almas que dejan  las prisiones; ya se espacia con libertad, y con sumo deleite mira todos  los bienes de la naturaleza. Andas errado, porque tu hermano no perdió la  luz, sino alcanzó otra más segura: a todos nos es común el viaje con él.  ¿Para qué lloramos sus hados? Que él nos dejó; partióse antes.

Capítulo XXIX

 

Créeme que en la misma grande dicha hay la felicidad de morir, no  habiendo cosa cierta que dure un día. ¿Quién, pues, en tan oscura y dudosa  verdad adivina si la muerte envidió a tu hermano o cuidó de él? Es  asimismo necesario

que la justicia que en todas las cosas mantienes, te  ayude a pensar que no se te hizo injuria en quitarte tal hermano, sino que  se te hizo gracia de todo el tiempo que te fue permitido el usar y gozar  de su amor. Injusto es el que no deja albedrío en las dádivas al que las  da, y codicioso el que no computa por ganancias lo que recibió, contando  por pérdida lo que restituye. Ingrato es el que llama injuria al fin del  deleite; ignorante el que piensa que no hay fruto sino en los bienes  presentes, y el que no se aquieta con los pasados, teniendo por más  ciertos los que se le fueron, porque de ellos no hay temor que de nuevo se  vayan. Estrechos términos pone a sus gustos el que juzga que goza  solamente los que tiene y ve presentes, no estimando los que tuvo. Porque  con mucha presteza se nos huye el deleite que corre y pasa y casi se nos  quita antes que venga. Así que se ha de poner el ánimo en el tiempo  pasado, reduciendo y tratando con frecuente recordación lo que en algún  tiempo nos fue posible. Más larga y más fiel es la memoria de los deleites  que su presencia. Pon entre los sumos bienes el haber tenido un hermano  tan bueno; y no atiendas a que pudieras tenerlo mucho más tiempo, sino al  que le tuviste. La naturaleza de las cosas hace contigo lo que con los  demás hermanos, y no te lo dio en propiedad, sino prestado, y después te  lo volvió a pedir cuando quiso; y en esto no atendió a tu hartura, sino a  su ley. ¿No será tenido por injusto el que sufriere molestamente el pagar  la moneda que se le prestó, y en particular la que recibió sin interés  alguno? Dio la naturaleza vida a tu hermano, y diola también a ti; y ella,  usando después de su derecho, cobró primero la deuda de quien quiso. No se  le puede imponer culpa alguna, siendo tan conocida su condición: impútese  a la codiciosa esperanza del ánimo mortal, que de tal manera se olvida de 

                285                                                                286
Ir a primera página Retroceder una página Avanzar una página Ir a la última página
Ir a Pg.