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encolerizado, absteniéndose de azotar por la razón misma que otro hubiese azotado. «Estoy irritado, dijo; haría más de lo necesario, lo haría con pasión: que este esclavo no caiga bajo las manos de un amo que no es dueño de sí mismo. ¿Quién querría confiar su venganza a la ira cuando Platón se prohíbe este derecho? No te permitas nada mientras estés irritado: ¿por qué porque querrías permitírtelo todo. Combate contigo mismo. Si no puedes vencer la ira, ella comienza a vencerte. Si permanece encerrada, si no se le da salida, deben ocultarse todas sus señales, y mantenerla, en cuanto sea posible, oculta y secreta.

 

       XIII. Grandes esfuerzos nos costará esto. La ira pugna por brotar al exterior, inflamar los ojos y trastornar el semblante, haciendose superior a nosotros desde el momento en que se la permite salir de nuestro interior. Sepúltesela en las profundidades del pecho; domínesela y no domine, o, mejor aún, inclinemos en sentido contrario todas sus señales exteriores. Que se dulcifique nuestro rostro, suavícese la voz y sea tranquilo nuestro paso; el interior se conformará poco a poco con el exterior. En Sócrates era señal de ira bajar la voz, encontrarse sobrio de palabras: conocíase entonces que se violentaba. Sus familiares lo conocían y se lo reprendían, no ofendiéndole aquellas censuras por una ira que estaba oculta. ¿No debía alegrarse de que todos conociesen una pasión, sin que nadie experimentase sus efectos? y los hubiesen experimentado de no conceder a sus amigos el

derecho de censura que él tomaba sobre ellos. ¿No debemos hacer nosotros lo mismo con mayor razón? Roguemos a nuestros mejores amigos que usen de toda libertad, especialmente cuando menos dispuestos estamos a soportarla; que no tengan tolerancias con nuestra ira, y, contra un mal poderoso que tiene siempre deleite para nosotros, invoquemos su auxilio mientras vemos aún y somos dueños do nosotros mismos.

 

       XIV. Los que llevan mal el vino y temen las imprudencias y arrebatos de la embriaguez, encargan a sus criados que los retiren del banquete; los que han padecido por su intemperancia en las enfermedades, prohíben que se les obedezca cuando tienen alterada la salud. Lo mejor es oponer de antemano obstáculos a los vicios conocidos ,y, ante todo, disponer el ánimo de manera que, hasta en las conmociones más repentinas y violentas, no experimente ira, o que si recibe de improviso grave injuria, encierre en lo más profundo la pasión sublevada y la impida estallar. Verás que puede hacerse esto, si, entre considerable número de ejemplos, te cito alguno que te servirá para aprender dos cosas: primero, cuántos males encierra la ira cuando tiene por instrumento toda la fuerza de un poder ilimitado; segunda, cuánto puede dominarse cuando la comprime temor mayor. El rey Cambises era muy aficionado al vino: uno de sus favoritos, Prœxapes, le aconsejaba beber con moderación, haciéndole ver que la embriaguez era vergonzosa en un rey, que atraía la atención de todos los ojos y

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