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oídos. A esto contestó  «Para convencerte de que nunca pierdo la razón, y de que, hasta después de beber, mis ojos y mis manos desempeñan bien sus funciones, voy a darte una prueba. En seguida bebió más copiosamente y en copas más grandes que de ordinario; y cuando se encontraba ya repleto y vacilante, mandó al hijo de su censor que se colocase en la puerta de la sala, de pie y con la mano izquierda sobre la cabeza. En seguida preparó el arco y atravesó (como había anunciado de antemano) el pecho del joven; abriéndole después el pecho, mostró el dardo clavado en medio del corazón, y mirando al padre: «¿He tenido nunca más segura la mano? Preguntó. Este aseguró que Apolo no hubiese apuntado mejor. ¡Maldigan los Dioses a aquel hombre, más esclavo por el alma que por la condición! Alabó lo que ya era demasiado haber presenciado: encontró ocasión de adulaciones en aquel pecho partido de un hijo, en aquel corazón palpitando bajo el hierro. Debía haberle disputado la gloria y comenzado de nuevo la prueba, para que el Rey hubiese podido mostrar mano más segura aún sobre el padre. ¡Oh, Rey cruel, verdaderamente digno de que las flechas de todos sus súbditos se tornasen contra él! Pero excusando al que terminaba sus orgías con suplicios y asesinatos, convengamos en que mayor crimen fue alabar aquel dardo que lanzarlo. No investigaremos cuál debió ser la conducta del padre ante el cadáver de su hijo, en presencia de aquel asesinato del que fue testigo y causa: demostrado queda lo que tratamos ahora, esto es, que pude sofocarse la ira. Aquel padre no

profirió ni una injuria contra el Rey, ni una palabra de las que arranca la desgracia, cuando tenía el corazón traspasado por la misma flecha que el de su hijo. Podrá sostenerse que tuvo razón para devorar sus palabras; porque de decir algo como hombre ultrajado, nada hubiera podido hacer después como padre. Podrá parecer, repito, que obró con más prudencia en este caso que cuando hablaba en contra de la embriaguez; porque mejor era dejar beber a aquel Rey vino que sangre: mientras tenía en la mano la copa daba tregua al crimen. Así es que Proexapes aumentó el número de aquellos que atestiguan con terribles desgracias cuánto cuestan los buenos consejos los amigos de los reyes.

 

        XV. No dudo que tal sería el consejo que dio Harpago a su señor y rey de los persas. Ofendido éste, le hizo servir a la mesa la carne de sus hijos, preguntándole más de una vez si le agradaba el condimento. Después, cuando le vio saciado de aquella vianda de dolor, hizo presentarle las cabezas, y le preguntó si estaba contento del agasajo. El desgraciado no perdió la palabra, no cerró la boca: «En la mesa de un re, dijo, too manjar es agradable. ¿Qué ganó con esta adulación? Que no lo invitase a comer los restos. No niego a un padre que condene la acción de su rey, no te niego que busque la venganza que merece tan atroz monstruosidad; pero entre tanto deduzco que puede dominarse una ira que nace de espantosa desgracia y obligarla a tener lenguaje contrario a su naturaleza. Si es necesario dominar el resentimiento, lo es especialmente a los cortesanos y

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