Ir al catálogo

a aquellos que se sientan a la mesa de los reyes. Así es como se come con ellos, así es como se bebe, así es como se responde: necesario es reír en los propios funerales. ¿Debe pagarse tan cara la vida? Lo veremos; esta es otra cuestión. No llevaremos consuelos a calabozo tan triste: no les exhortaremos a soportar los mandatos de sus verdugos: mostrarémosles, en toda servidumbre, un camino abierto a la libertad. Si el alma está enferma y padece por sus propios vicios, por sí misma puede terminar sus miserias. Dirá al que cae en manos de un tirano, cuyas saetas apuntan al corazón de sus amigos; a aquel, cuyo señor alimenta a los padres con las entrañas de sus hijos: ¿por qué gimes, insensato, por qué esperas a que un enemigo acuda a vengarte con la ruina de tu país, o a que llegue poderoso rey de lejanas comarcas? A cualquier parte que mires encontrarás fin a tus males. ¿Ves aquel precipicio? por allá se baja a la libertad. ¿Ves esa mar, ese río, ese pozo? en el fondo de sus aguas tiene asiento la libertad. ¿Ves aquel árbol pequeño, retorcido, siniestro? en él está suspendida la libertad. ¿Ves tu cuello, tu garganta, tu corazón? salidas son para huir de la esclavitud. Pero te mostramos caminos demasiado penosos, y que exigen mucho valor y fuerza. ¿Buscas fácil vía a la libertad? en cada vena de tu cuerpo la tienes.

 

        XVI. Aunque no encontramos nada tan intolerable que nos haga repudiar la existencia, en cualquier estado en que nos encontremos,

rechacemos la ira. Perniciosa es para los que obedecen, porque la indignación aumenta los tormentos, y los mandatos son tanto más pesados, cuanto con mayor impaciencia se les soporta. Así es que la fiera que lucha, aprieta el lazo, el pájaro que se remueve y agita, se extiende el visco por las plumas. No hay yugo tan estrecho que no hiera menos al que lo arrastra que al que lo rechaza. El único alivio para los grandes males, es la paciencia y sumisión a las necesidades. Pero si es útil a los que obedecen contener sus pasiones, y especialmente, esta tan furiosa y desenfrenada, más útil es todavía a los reyes. Todo está perdido cuando la fortuna permite realizar lo que aconseja la ira; y el poder que se ejerce en detrimento de considerable número, no puede durar mucho, y peligra en cuanto el terror común reúne a aquellos que separadamente sufrían. Muchos tiranos han perecido, ora a manos de un hombre solo, ora a las de un pueblo entero, al que el dolor público obligaba a hacerse un arma de todas las iras. ¡Y cuántos, sin embargo, han usado la ira, como privilegio de su poder! Testigo es Darío, que una vez derribado Mago, fue el primer llamado al trono de Persia y de mucha parte del Oriente. Como hubiese declarado la guerra a los Scitas, que lo estrechaban por el lado oriental, el noble anciano OEbazo le suplicó le dejase uno de sus tres hilos para consuelo de su paternidad, y se quedase con los otros dos a su servicio. Prometiendo el Rey más de lo que se le pedía, contestó que se los enviaría, y haciéndoles matar delante de su padre, se los entregó. ¡Muy cruel habría sido si se los hubiese llevado!

                431                                                                432
Ir a primera página Retroceder una página Avanzar una página Ir a la última página
Ir a Pg.