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        XVII. ¿Fue más clemente Xerxes? Pythio, padre de cinco hijos, le pidió la exención de uno de ellos, y le permitió elegir el que quisiese; después hizo partir por medio al elegido, colocando cada mitad en un lado del camino, siendo esta la víctima lustral del ejército. Por esto tuvo la suerte que merecía: vencido y agobiado por todos lados, vio desaparecer los restos de su poder, y volvió por en medio de los cadáveres de los suyos. Esta ferocidad en la ira es propia de los reyes bárbaros, en quienes no ha penetrado instrucción ni cultura literaria. Pero te presentar? saliendo de las manos de Aristóteles, a Alejandro, que mata con su propia mano, en medio del festín, a su querido Clito, compañero suyo de la infancia, que se mostraba poco dispuesto a adularle y a pasar de la libertad macedoniana a la esclavitud persa. Lysimaco, que le era igualmente querido, fue expuesto a la ferocidad de un león. ¿Y acaso este Lysimaco, que por tan rara fortuna escapó de las mandíbulas del león, fue más benigno cuando llegó  reinar? Mutiló a su amigo Telesforo de Rodas, haciéndole cortar la nariz y las orejas, guardándole por mucho tiempo en una jaula como a animal nuevo y extraordinario: aquel rostro destruido, deforme, nada tenía del aspecto humano. Añade a esto los tormentos del hambre y la repugnante suciedad de aquel cuerpo, que se arrastraba sobre su propio excremento, con las rodillas y las callosas manos que lo estrecho de la prisión convertía en pies; los costados llenos de llagas por el roce; espectáculo espantoso y terrible a la vista. El suplicio había hecho de aquel hombre un monstruo que repelía hasta la

compasión; sin embargo, por desemejante que fuese del hombre el que tales penas padecía, más desemejante aún era el que las mandaba.

 

        XVIII. ¡Ojalá que tales ejemplos solamente se encontrasen entre extranjeros, y que su crueldad no hubiese trascendido a las costumbres romanas, con la barbarie de los suplicios y de las venganzas! A M. Mario, a quien el pueblo había alzado en todas las encrucijadas estatuas a las que se dirigían plegarias con libaciones e incienso, L. Sila mandó romperle las piernas, sacarle los ojos, cortarle las manos, y, como si hubiese de sufrir tantas muertes como heridas, fue desgarrado lentamente por todas las articulaciones. ¿Quién era el ejecutor de estas órdenes? ¿Quién sino Catilina, que ejercitaba ya la mano en todos los crímenes? Este mismo despedazaba a Mario ante la tumba de Q. Catulo, ultrajando así en sus cenizas al hombre más afable, y sobre aquellas cenizas cayó gota a gota la sangre de un hombre de funesto ejemplo, pero popular, y que antes fue demasiado querido que indigno de serlo. Sin duda merecía Mario aquel suplicio, Sila mandarlo y Catilina ejecutarlo; pero la República no merecía que le clavasen la espada en el pecho sus enemigos y sus vengadores a la vez. Más ¿por qué buscar ejemplos antiguos? En otro tiempo mandó C. César, en el mismo día, azotar a Sexto Papino, hijo de varón consular, a Betilíeno Basso, cuestor suyo e hijo de su intendente, y a otros muchos, caballeros romanos o senadores, sometiéndoles después a la tortura, no para interrogarles, sino para divertirse. En seguida,

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