|
impaciente por todo lo que aplazaba sus placeres, que las exigencias de su
crueldad pedían sin tregua, paseando entre las alamedas del jardín de su
madre, que se extiende entre el pórtico y la ribera, hizo llevar algunas
víctimas de aquellas con matronas y otros senadores, para decapitarles a la
luz de las antorchas. ¿Quién le instaba? ¿De qué peligro público o privado
lo amenazaba una sola noche? ¿Qué le importaba, en fin, esperar la luz para
no matar con sandalias a los senadores del pueblo romano?
XIX. Conveniente es a nuestro propósito dar a conocer cuánta fue la
insolencia de su crueldad, aunque parezca tal vez que nos extraviamos y
separarnos en digresiones; pero estas locuras de la soberbia dependen de la
ira cuando se desencadena desenfrena-damente. Al verlo entregar al látigo
los senadores, podía decirse con él: Suele hacerse: había agotado para los
suplicios todos los tremendos recursos de la tortura, cuerdas, borceguíes,
fuego, su propia cara. Y en este punto se me contestar? ¡Qué cosa tan grande
hacer pasar bajo el látigo y entre las llamas, como malvados esclavos, a
tres senadores, cuando meditaba degollar a todo el Senado, cuando deseaba
que el pueblo romano no tuviese más que una cabeza, para poder consumar en
un solo día y de un solo golpe todos los crímenes que había multiplicado en
tantas veces y en tantos parajes! ¿Qué cosa más inaudita que un suplicio
nocturno? el ladrón se oculta en las tinieblas para cometer su delito; pero
el castigo legal, cuanto más público sea,
|
mejor sirve para ejemplo y represión. También se me
contestará aquí. Esos excesos que tanto te sorprenden son la ocupación
diaria de ese monstruo: para eso vive, para eso despierta, para eso medita
durante la noche. Verdad es que no se encontrará ningún otro que haga tapar
con una esponja la boca de aquellos a quienes hacía ejecutar, para que no
pudiesen emitir la voz. ¿A quién se prohibió gemir al acercarse a la muerte?
Temía sin duela que los supremos dolores arrancasen alguna palabra demasiado
libre; temía escuchar lo que no quería; no ignoraba que existían muchas
cosas que solamente un moribundo se hubiese atrevido a censurarle. Cuando no
se encontraba esponja, mandaba rasgar las ropas de aquellos desgraciados y
taparles la boca con los jirones. ¿A qué este refinamiento de crueldad? que
al menos sea permitido lanzar el último suspiro: da salida al alma; que
pueda escapar por otro camino que las heridas.
XX. Demasiado largo sería añadir que aquella misma noche fueron
muertos los padres de las víctimas por mano de centuriones mandados a las
casas: indudablemente aquel hombre tan compasivo quería librarles del dolor.
Pero no me he propuesto descubrir la crueldad de Cayo, sino los males de la
ira, que no se desencadena solamente contra los individuos, sino que
desgarra naciones enteras y cae sobre las ciudades, los ríos; y los objetos
destituidos de todo sentimiento de dolor. Así pues, un rey de Persia hace
cortar la nariz a todo un pueblo de la
|
 |