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necesitan recurrir a la súplica para realizar su obra, o si pueden imponerla
por la fuerza. En el primer caso, fracasan siempre, y nada queda de sus
intenciones, pero cuando sólo dependen de sí mismos y pueden actuar con la
ayuda de la fuerza, entonces rara vez dejan de conseguir sus propósitos. De
donde se explica que todos los profetas armados hayan triunfado, y fracasado
todos los que no tenían armas. Hay que agregar, además, que los pueblos son
tornadizos; y que, si es fácil convencerlos de algo, es difícil mantenerlos
fieles a esa convicción, por lo cual conviene estar preparados de tal
manera, que, cuando ya no crean, se les pueda hacer creer por la fuerza.
Moisés, Ciro, Teseo y Rómulo no habrían podido hacer respetar sus estatutos
durante mucho tiempo si hubiesen estado desarmados. Como sucedió en nuestros
a Fray Jerónimo Savonaro- la, que fracasó en sus innovaciones en cuanto la
gente empezó a no creer en ellas, pues se encontró con que carecía de medios
tanto para mantener fieles en su creencia a los que habían creído como para
hacer creer a los incrédulos. Hay que reconocer que estos revolucionarios
tropiezan con serias dificultades, que todos los peligros surgen en su
camino y que sólo con gran valor pueden superarlos; pero vencidos los
obstáculos, y una vez que han hecho desaparecer a los que tenían envidia de
sus virtudes, viven poderosos, seguros, honrados y felices.
A tan excelsos ejemplos hay que agregar otro de menor jerarquía, pero que
guarda cierta proporción con aquéllos y que servirá para todos los
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de igual clase. Es el de Hierón de Siracusa, que de simple ciudadano llegó a
ser príncipe sin tener otra deuda con el azar que la ocasión; pues los
siracusanos, oprimidos, lo nombraron su capitán, y fue entonces cuando hizo
méritos suficientes para que lo eligieran príncipe. Y a pesar de no ser
noble, dio pruebas de tantas virtudes, que quien ha escrito de él ha dicho:
“quod nihil illi deerat ad regnandum praeter regnum”. Licenció el antiguo
ejército y creó uno nuevo; dejó las amistades viejas y se hizo de otras; y
así, rodeado por soldados y amigos adictos, pudo construir sobre tales
cimientos cuanto edificio quiso; y lo que tanto le había costado adquirir,
poco le costó conservar.
Capitulo VII
DE
LOS PRINCIPADOS NUEVOS QUE SE ADQUIEREN CON ARMAS Y FORTUNA DE OTROS
Los que sólo por la suerte se convierten en príncipes poco esfuerzo
necesitan para llegar a serlo, pero no se mantienen sino con muchísimo. Las
dificultades no surgen en su camino, porque tales hombres vuelan, pero se
presentan una vez instalados. Me refiero a los que compran un Estado o a los
que lo obtienen como regalo, tal cual sucedió a muchos en Grecia, en las
ciudades de Jonia y del Helesponto, donde fueron hechos príncipes por Darío
a fin de que le conservasen dichas ciudades para su seguridad y gloria; y
como sucedió a muchos emperadores que llegaban al trono corrompiendo los
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