|
facilita enormemente las cosas el que un príncipe, al no poseer otros
Estados, se vea obligado a establecerse en el que ha adquirido. Pero quiero
referirme a aquellos que no se convirtieron en príncipes por el azar, sino
por sus virtudes. Y digo entonces que, entre ellos, loa más ilustres han
sido Moisés, Ciro, Rómulo, Teseo y otros no menos grandes. Y aunque Moisés
sólo fue un simple agente de la voluntad de Dios, merece, sin embargo,
nuestra admiración, siquiera sea por la gracia que lo hacia digno de hablar
con Dios. Pero también son admirables Ciro y todos los demás que han
adquirido o fundado reinos; y si juzgamos sus hechos y su gobierno,
hallaremos que no deslucen ante los de Moisés, que tuvo tan gran preceptor.
Y si nos detenemos a estudiar su vida y sus obras, descubriremos que no
deben a la fortuna sino el haberles proporcionado la ocasión propicia, que
fue el material al que ellos dieron la forma conveniente. Verdad es que, sin
esa ocasión, sus méritos de nada hubieran valido; pero también es cierto
que, sin sus méritos, era inútil que la ocasión se presentara. Fue, pues,
necesario que Moisés hallara al pueblo de Israel esclavo y oprimido por los
egipcios para que ese pueblo, ansioso de salir de su sojuzgamiento, se
dispusiera a seguirlo. Se hizo menester que Rómulo no pudiese vivir en Alba
y estuviera expuesto desde su nacimiento, para que llegase a ser rey de Roma
y fundador de su patria. Ciro tuvo que ver a los persas des- contentos de la
dominación de los medas, y a los medas flojos e indolentes como consecuencia
de una larga paz. No habría podido Teseo poner de
|
manifiesto sus virtudes si no hubiese sido testigo de la dispersión de los
atenienses. Por lo tanto, estas ocasiones permitieron que estos hombres
realizaran felizmente sus designios, y, por otro lado, sus méritos
permitieron que las ocasiones rindieran provecho, con lo cual llenaron de
gloria y de dicha a sus patrias.
Los que, por caminos semejantes a los de aquéllos, se convierten en
príncipes adquieren el principado con dificultades, pero lo conservan sin
sobresaltos. Las dificultades nacen en parte de las nuevas leyes y
costumbres que se ven obligados a implantar para fundar el Estado y proveer
a su seguridad. Pues debe considerarse que no hay nada más difícil de
emprender, ni mis dudoso de hacer triunfar, ni más peligroso de manejar, que
el introducir nuevas leyes. Se explica: el innovador se transforma en
enemigo de todos los que se beneficiaban con las leyes antiguas, y no se
granjea sino la amistad tibia de los que se beneficiarán con las nuevas.
Tibieza en éstos, cuyo origen es, por un lado, el temor a los que tienen de
su parte a la legislación antigua, y por otro, la incredulidad de los
hombres, que nunca fían en las cosas nuevas hasta que ven sus frutos. De
donde resulta que, cada vez que los que son enemigos tienen oportunidad para
atacar, lo hacen enérgicamente, y aquellos otros asumen la defensa con
tibieza, de modo que se expone uno a caer con ellos. Por consiguiente, si se
quiere analizar bien esta parte, es preciso ver si esos innovadores lo son
por si mismos, o si dependen de otros; es decir, si
|
 |