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perderla. Porque, en verdad, el único medio seguro de dominar una ciudad
acostumbrada a vivir libre es destruirla. Quien se haga dueño de una ciudad
así y no la aplaste, espere a ser aplastado por ella. Sus rebeliones siempre
tendrán por baluarte el nombre de libertad y sus antiguos estatutos, cuyo
hábito nunca podrá hacerle perder el tiempo ni los beneficios. Por mucho que
se haga y se prevea, si los habitantes no se separan ni se dispersan, nadie
se olvida de aquel nombre ni de aquellos estatutos, y a ellos inmediatamente
recurren en cualquier contingencia, como hizo Pisa luego de estar un siglo
bajo el yugo florentino. Pero cuando las ciudades o provincias están
acostumbradas a vivir bajo un príncipe, y por la extinción de éste y su
linaje queda vacante el gobierno, como por un lado los habitantes están
habituados a obedecer y por otro no tienen a quién, y no se ponen de acuerdo
para elegir a uno de entre ellos, ni saben vivir en libertad, y por último
tampoco se deciden a tomar las armas contra el invasor, un príncipe puede
fácilmente conquistarlas y retenerlas. En las repúblicas, en cambio, hay más
vida, más odio, más ansias de venganza. El recuerdo de su antigua libertad
no les concede, no puede concederles un solo momento de reposo. Hasta tal
punto que el mejor camino es destruirlas o radicarse en ellas.
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Capitulo VI
DE
LOS PRINCIPADOS NUEVOS QUE
SE ADQUIEREN CON LAS ARMAS
PROPIAS Y EL TALENTO PERSONAL
Nadie se asombre de que, al hablar de los principados de nueva creación y de
aquellos en los que sólo es nuevo el príncipe, traiga yo a colación ejemplos
ilustres. Los hombres siguen casi siempre el camino abierto por otros y se
empeñan en imitar las acciones de los demás. Y aunque no es posible seguir
exactamente el mismo camino ni alcanzar la perfección del modelo, todo
hombre prudente debe entrar en el camino seguido por los grandes e imitar a
los que han sido excelsos, para que, si no los iguala en virtud, por lo
menos se les acerque; y hacer como los arqueros experimentados, que, cuando
tienen que dar en blanco muy lejano, y dado que conocen el alcance de su
arma, apuntan por sobre él, no para llegar a tanta altura, sino para acertar
donde se lo proponían con la ayuda de mira tan elevada.
Los principados de nueva creación, donde hay un príncipe nuevo, son más o
menos difíciles de conservar según que sea más o menos hábil el príncipe que
los adquiere. Y dado que el hecho de que un hombre se convierta de la nada
en príncipe presupone necesariamente talento o suerte, es de creer que una u
otra de estas dos cosas allana, en parte, muchas dificultades. Sin embargo,
el que menos ha confiado en el azar es siempre el que más tiempo se ha
conservado en su conquista. También
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