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Luca y Siena no tardarían en ceder, primero por odio contra los florentinos,
y después por miedo al duque; y los florentinos nada podrían hacer. Si
hubiese logrado esto (aunque fuera el mismo año de la muerte de Alejandro),
habría adquirido tanto poder y tanta autoridad, que se hubiera sostenido por
sí solo, y no habría dependido más de la fortuna ni de las fuerzas ajenas,
sino de su poder y de sus méritos.
Pero Alejandro murió cinco años después de que el hijo empezara a
desenvainar la espada. Lo dejaban con tan sólo un Estado afianzado: el de
Romaña, y con todos los demás en el aire, entre dos poderosos ejércitos
enemigos, y enfermo de muerte. Pero había en el duque tanto vigor de alma y
de cuerpo, tan bien sabía cómo se gana y se pierde a los hombres, y los
cimientos que echara en tan poco tiempo eran tan sólidos, que, a no haber
tenido dos ejércitos que lo rodeaban, o simplemente a haber estado sano, se
hubiese sostenido contra todas las dificultades. Y si los cimientos de su
poder eran seguros o no, se vio en seguida, pues la Romaña lo esperó más de
un mes: y, aunque estaba medio muerto, nada se intentó contra él, a pesar de
que los Baglioni, los Vitelli y los Orsini habian ido alli con ese
propósito; y si no hizo papa a quien quería, obtuvo por lo menos que no lo
fuera quien él no quería que lo fuese. Pero todo le hubiese sido fácil a no
haber estado enfermo a la muerte de Alejandro. El mismo me dijo, el día en
que elegido Julio II, que había previsto todo lo que podía suceder a la
muerte de su padre, y para todo preparado remedio; pero que
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nunca había pensado que en semejante circunstancia él mismo podía hallarse
moribundo.
No puedo, pues, censurar ninguno de los actos del duque; por el contrario,
me parece que deben imitarlos todos aquellos que llegan al trono mediante la
fortuna y las armas ajenas. Porque no es posible conducirse de otro modo
cuando se tienen tanto valor y tanta ambición. Y si sus propósitos no se
realizaron, tan sólo fue por su enfermedad y por la brevedad de la vida de
Alejandro. El príncipe nuevo que crea necesario defenderse de enemigos,
conquistar amigos, vencer por la fuerza o por el fraude, hacerse amar o
temer de los habitantes, respetar y obedecer por los soldados, matar a los
que puedan perjudicarlo, reemplazar con nuevas las leyes antiguas, ser
severo y amable, magnánimo y liberal, disolver las milicias infieles, crear
nuevas, conservar la amistad de reyes y príncipes de modo que lo favorezcan
de buen grado o lo ataquen con recelos; el que juzgue indispensable hacer
todo esto, digo, no puede hallar ejemplos más recientes que los actos del
duque. Sólo se lo puede criticar en lo que respecta a la elección del nuevo
pontífice, porque, si bien no podía hacer nombrar a un papa adicto, podía
impedir que lo fuese este o aquel de los cardenales, y nunca debió consentir
en que fuera elevado al Pontificado alguno de los cardenales a quienes había
ofendido o de aquellos que, una vez papas, tuviesen que temerle. Pues los
hombres ofenden por miedo o por odio. Aquellos a quienes había ofendido
eran, entre otros, el cardenal de San Pedro, Advíncula, Colonna, San Jorge y
Ascanio; todos los demás, si
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