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llegados al solio, debían temerle, salvo el cardenal de Ambaise dado su
poder, que nacía del de Francia, y los españoles ligados a él por alianza y
obligaciones reciprocas. Por consiguiente, el duque debía tratar ante todo
de ungir papa a un español, y, a no serle posible, aceptar al cardenal de
Arnboise antes que el de San Pedro Advíncula. Pues se engaña quien cree que
entre personas eminentes los beneficios nuevos hacen olvidar las ofensas
antiguas. Se equivocó el duque en esta elección, causa última de su
definitiva ruina.
Capitulo VIII
DE
LOS QUE LLEGARON AL
PRINCIPADO MEDIANTE
CRÍMENES
Pero puesto que hay otros dos modos de llegar a príncipe que no se pueden
atribuir enteramente a la fortuna o a la virtud, corresponde no pasarlos por
alto, aunque sobre ellos se discurra con más detenimiento donde se trata de
las repúblicas. Me refiero, primero, al caso en que se asciende al
principado por un camino de perversidades y delitos; y después, al caso en
que se llega a ser príncipe por el favor de los conciudadanos. Con dos
ejemplos, uno antiguo y otro contemporáneo, ilustró el primero de estos
modos, sin entrar a profundizar demasiado en la cuestión, porque creo que
bastan para los que se hallan en la necesidad de imitarlos.
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El siciliano Agátocles, hombre no só1o de condición oscura, sino baja y
abyecta, se convirtió en rey de Siracusa. Hijo de un alfarero, llevó una
conducta reprochable en todos los períodos de su vida; sin embargo,
acompafió siempre sus maldades con tanto ánimo y tanto vigor físico que
entrado en la milicia llegó a ser, ascendiendo grado por grado, pretor de
Siracusa. Una vez elevado a esta dignidad, quiso ser príncipe y obtener por
la violencia, sin debérselo a nadie, lo que de buen grado le hubiera sido
concedido. Se puso de acuerdo con el cartaginés Amílcar, que se hallaba con
sus ejércitos en Sicilia, y una mañana reunió al pueblo y al Senado, como si
tuviese que deliberar sobre cosas relacionadas con la república, y a una
señal convenida sus soldados mataron a todos los senadores y a los
ciudadanos mis ricos de Siracusa. Ocupó entonces y supo conservar como
príncipe aquella ciudad, sin que se encendiera ninguna guerra civil por su
causa. Y aunque los cartagineses lo sitiaron dos veces y lo derrotaron por
último, no sólo pudo defender la ciudad, sino que, dejando parte de sus
tropas para que contuvieran a los sitiadores, con el resto invadió el
África; y en poco tiempo levantó el sitio de Siracusa y puso a los
cartagineses en tales aprietos, que se vieron obligados a pactar con él, a
conformarse con sus posesiones del África y a dejarle la Sicilia. Quien
estudie, pues, las acciones de Agátocles y juzgue sus méritos muy poco o
nada encontrará que pueda atribuir a la suerte; no adquirió la soberanía por
el favor de nadie, como he dicho más arriba, sino merced a sus grados
militares, que se había ganado a
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