|
arriba, sino merced a sus grados militares, que se había ganado a costa de
mil sacrificios y peligros; y se mantuvo en mérito a sus enérgicas y
temerarias medidas. Verdad que no se puede llamar virtud el matar a los
conciudadanos, el traicionar a los amigos y el carecer de fe, de piedad y de
religión, con cuyos medios se puede adquirir poder, pero no gloria. Pero si
se examinan el valor de Agátocles al arrastrar y salir triunfante de los
peligros y su grandeza de alma para soportar y vencer los acontecimientos
adversos, no se explica uno por qué tiene que ser considerado inferior a los
capitanes más famosos. Sin embargo, su falta de humanidad, sus crueldades y
maldades sin número, no consienten que se lo coloque entre los hombres
ilustres. No se puede, pues, atribuir a la fortuna o a la virtud lo que
consiguió sin la ayuda de una ni de la otra.
En nuestros tiempos, bajo el papa Alejandro VI, Oliverotto da Fermo,
huérfano desde corta edad, fue educado por uno de sus tíos maternos, llamado
Juan Fogliani, y confiado después, en su primera juventud, a Pablo Vitelli,
a fin de que llegase, gracias a sus enseñanzas, a ocupar un grado elevado en
las armas. Muerto Pablo, pasó a militar bajo Vitellozzo, su hermano., y en
poco tiempo, como era inteligente y de espíritu y cuerpo gallardos, se
convirtió en el primer hombre de su ejército. Pero como le pareció indigno
servir a los demás, pensó apoderarse de Fermo con el consentimiento de
Vitellozzo y la ayuda de algunos habitantes de la ciudad a quienes era más
cara la esclavitud que la libertad de su patria. |
Escribió a Juan Fogliani diciéndole que, luego de tantos años de ausencia,
deseaba ver de nuevo a su patria y a él, y, en parte, también conocer el
estado de su patrimonio; y que, como no se había fatigado sino por
conquistar gloria, quería, para demostrar a sus compatriotas que no había
perdido el tiempo, entrar con todos los honores y acompañado por cien
caballeros, amigos y servidores suyos. Rogábale, pues, que tratase de que
los ciudadanos de Fermo lo acogiesen de un modo honroso, que con ello no
sólo lo honraba a él, sino que se honraba a sí mismo, ya que había sido su
maestro. No olvidó Juan ninguno de los honores debidos a su sobrino, y lo
hizo recibir dignamente por los ciudadanos de Fermo, en cuyas casas se alojó
con su comitiva. Transcurridos algunos días, y preparado todo cuanto era
necesario para su premeditado crimen, Oliverotto dio un banquete solemne al
que invitó a Juan Fogliani y a los principales hombres de Ferno. Después de
consumir los manjares y de concluir con los entretenimientos que son de use
en tales ocasiones, Oliverotto, deliberadamente, hizo recaer la
conversación, dando ciertos peligrosos argumentos, sobre la grandeza y los
actos del papa Alejandro y de César, su hijo; y come a esos argumentos
contestaron Juan y los otros, se levantó de pronto diciendo que convenía
hablar de semejantes temas en lugar más seguro, y se retiró a una habitación
a la cual lo siguieron Juan y los demás ciudadanos. Y aún éstos no habían
tomado asiento cuando de algunos escondrijos salieron soldados que dieron
muerte a Juan y a todos los demás. Consumado el crimen, montó Oliverotto a
|
 |