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caballo, atravesó la ciudad y sitió en su palacio al magistrado supremo. Los
ciudadanos no tuvieron entonces más remedio que someterse y constituir un
gobierno del cual Oliverotto se hizo nombrar jefe. Muertos todos los que
hubieran podido significar un peligro para él, se preocupó por reforzar su
poder con nuevas leyes civiles y militares, de manera que, durante el año
que gobernó, no sólo estuvo seguro en Fermo, sino que se hizo temer por
todos los vecinos. Y habría sido tan difícil de derrocar como Agátocles si
no se hubiese dejado engañar por César Borgia y prender, junto con los
Orsini y los Vitelli, en Sinigaglia, donde, un año después de su parricidio,
fue estrangulado en compañía de Vitellozzo, su maestro en hazañas y
crímenes.
Podría alguien preguntarse a qué se debe que, mientras Agátocles y otros de
su calaña, a pesar de sus traiciones y rigores sin número, pudieron vivir
durante mucho tiempo y a cubierto de su patria, sin temer conspiraciones, y
pudieron a la vez defenderse de los enemigos de afuera, otros, en cambio, no
sólo mediante medidas tan extremas no lograron conservar su Estado en épocas
dudosas de guerra, sino tampoco en tiempos de paz. Creo que depende del
bueno o mal uso que se hace de la crueldad. Llamaría bien empleadas a las
crueldades (si a lo malo se lo puede llamar bueno) cuando se aplican de una
sola vez por absoluta necesidad de asegurarse, y cuando no se insiste en
ellas, sino, por el contrario, se trata de que las primeras se vuelvan todo
lo beneficiosas posible para los súbditos. Mal empleadas
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son las que, aunque poco graves al principio, con el tiempo antes crecen que
se extinguen. Los que observan el primero de estos procedimientos pueden,
como Agátocles, con la ayuda de Dios y de los hombres, poner, algún remedio
a su situación, los otros es imposible que se conserven en sus Estados. De
donde se concluye que, al apoderarse de un Estado, todo usurpador debe
reflexionar sobre los crímenes que le es preciso cometer, y ejecutarlos
todos a la vez, para que no tenga que renovarlos día a día y, al no verse en
esa necesidad, pueda conquistar a los hombres a fuerza de beneficios. Quien
procede de otra manera, por timidez o por haber sido mal aconsejado, se ve
siempre obligado a estar con el cuchillo en la mano, y mal puede contar con
súbditos a quienes sus ofensas continúas y todavía recientes llenan de
desconfianza. Porque las ofensas deben inferirse de una sola vez para que,
durando menos, hieran menos; mientras que los beneficios deben
proporcionarse poco a poco, a fin de que se saboreen mejor. Y, sobre todas
las cosas, un príncipe vivirá con sus súbditos de manera tal, que ningún
acontecimiento, favorable o adverso, lo haga variar; pues la necesidad que
se presenta en los tiempos difíciles y que no se ha previsto, tú no puedes
remediarla; y el bien que tú hagas ahora de nada sirve ni nadie te lo
agradece, porque se considera hecho a la fuerza.
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