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los designios del príncipe; y mucho menos si no lo son, pues con toda
seguridad llevarán al príncipe a la ruina Y a quien objetara que esto podría
hacerlo cualquiera, mercenario o no, replicaría con lo siguiente: que un
principado o una república deben tener sus milicias propias; que, en un
principado. el príncipe debe dirigir las milicias en persona y hacer el
oficio de capitán; y en las repúblicas, un ciudadano; y si el ciudadano
nombrado no es apto, se lo debe cambiar; y si es capaz para el puesto,
sujetarlo por medio de leyes. La experiencia enseña que sólo los príncipes y
repúblicas armadas pueden hacer grandes progresos, y que las armas
mercenarias sólo acarrean daños. Y es más difícil que un ciudadano someta a
una república que está armada con armas propias que una armada con armas
extranjeras.
Roma y Esparta se conservaron libres durante muchos siglos porque estaban
armadas. Los suizos son muy libres porque disponen de armas propias. De las
armas mercenarias de la antigüedad son un ejemplo los cartagineses, los
cuales estuvieron a punto de ser sometidos por sus tropas mercenarias,
después de la primera guerra con los romanos, a pesar de que los
cartagineses tenían por jefes a sus mismos conciudadanos. Filipo de
Macedonia, nombrado capitán de los tebanos a la muerte de Epaminondas, les
quitó la libertad después de la victoria. Los milaneses, muerto el duque
Felipe, tomaron a sueldo a Francisco Sforza para combatir a los venecianos;
y Sforza venció al enemigo en Caravaggio y se alió después con él para
sojuzgar a |
los milaneses, sus amos. El padre de Francisco Sforza, estando al servicio
de la reina Juana de Nápoles, la abandonó inesperadamente; y ella, al quedar
sin tropas que la defendiesen, se vio obligada, para no perder el reino, a
entregarse en manos del rey de Aragón. Y si los florentinos y venecianos
extendieron sus dominios gracias a esas milicias, y si sus capitanes los
defendieron en vez de someterlos, se debe exclusivamente a la suerte; porque
de aquellos capitales a los que podían temer, unos no vencieron nunca, otros
encontraron oposición y los (últimos orientaron sus ambiciones hacia otra
parte. En el número de los primeros se contó Juan Aucut, cuya fidelidad mal
podía conocerse cuando nunca obtuvo una victoria., pero nadie dejará de
reconocer que, si hubiese triunfado, quedaban los florentinos librados a su
discreción. Francisco Sforza tuvo siempre por adversario a los Bracceschi, y
se vigilaron mutuamente; al fin, Francisco volvió sus miras hacia la
Lombardía, y Braccio hacia la Iglesia y el reino de Nápoles.
Pero atendamos a lo que ha sucedido hace poco tiempo. Los florentinos
nombraron capitán de sus milicias a Pablo Vitelli, varón muy prudente que,
de condición modesta, había llegado a adquirir gran fama. A haber tomado a
Pisa, los florentinos se hubiesen visto obligados a sostenerlo, porque
estaban perdidos si se pasaba a los enemigos, y si hubieran querido que se
quedara, habrían debido obedecerle. Si se consideran los procedimientos de
los venecianos, se verá que obraron con seguridad y
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