|
gloria mientras hicieron la guerra con sus propios soldados, lo que sucedió
antes que tentaran la suerte en tierra firme, cuando contaban con nobles y
plebeyos que defendían lo suyo; pero bastó que empezaran a combatir en
tierra firme para que dejaran aquella virtud y adoptaran las costumbres del
resto de Italia. AI principio de sus empresas por tierra firme, nada tenían
que temer de sus capitanes, así por lo reducido del Estado como por la gran
reputación de que gozaban; pero cuando bajo Carmagnola el territorio se fue
ensanchando, notaron el error en que habían caído. Porque viendo que aquel
hombre, cuya capacidad conocían después de haber derrotado al duque de
Milán, hacia la guerra con tanta tibieza, comprendieron que ya nada podía
esperarse de él, puesto que no lo quería; y dado que no podían licenciarlo,
pues perdían lo que habían conquistado, no les quedaba otro recurso, para
vivir seguros, que matarlo. Tuvieron luego por capitanes a Bartolomé de
Bérgamo, a Roberto de San Severino, al conde de Pitigliano y a otros de
quienes no tenían que temer las victorias, sino las derrotas, como les
sucedió luego en Vaili, donde en un día perdieron lo que con tanto esfuerzo
habían conquistado en ochocientos años. Porque estas milicias, o traen
lentas, tardías y mezquinas adquisiciones, o súbitas y fabulosas pérdidas.
Y ya que estos ejemplos me han conducido a referirme a Italia, estudiemos la
historia de las tropas mercenarias que durante tantos años la gobernaron, y
remontándonos a los tiempos más antiguos, para
|
que, vistos su origen y sus progresos, puedan corregirse mejor los errores.
Es de saber que, en épocas no recientes, cuando el emperador empezó a ser
arrojado de Italia y el poder temporal del papa acrecentarse, Italia se
dividió en gran número de Estados; porque muchas de las grandes ciudades
tomaron las armas contra sus señores, que, favorecidos antes por el
emperador, las tenían avasalladas; y el papa, para beneficiarse, ayudó en
cuanto pudo a esas rebeliones. De donde Italia pasó casi por entero a las
manos de la Iglesia y de varias repúblicas -pues algunas de las ciudades
habían nombrado príncipes a sus ciudadanos—; y como estos sacerdotes y estos
ciudadanos no conocían el arte de la guerra, empezaron a tomar extranjeros a
sueldo. El primero que dio reputación a estas milicias fue Alberico de Conio,
de la Romaña, a cuya escuela pertenecen, entre otros, Braccio y Sforza, que
en sus tiempos fueron árbitros de Italia. Tras ellos vinieron todos los que
hasta nuestros tiempos han dirigido esas tropas. Y el resultado de su virtud
lo hallamos en esto: que Italia fue recorrida libremente por Carlos,
saqueada por Luis, violada por Fernando e insultada por los suizos. El
método que estos capitanes siguieron para adquirir reputación fue primero el
de quitarle importancia a la infantería. Y lo hicieron porque, no poseyendo
tierras y teniendo que vivir de su industria, con pocos infantes no pedían
imponerse y les era imposible alimentar a muchos, mientras que, con un
número reducido de jinetes, se veían honrados sin
|
 |